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| Podemos poner todo en juego, pero la realidad sale de nuestras manos. Foto: BAER |
Las expectativas suelen componerse de tres aspectos esenciales; uno, la certidumbre de que se es bueno para algo, dos, el ánimo de otros de que eso que se hace puede gustar a los demás y tres, la confianza de que la difusión de lo hecho garantizará la posibilidad de seguir haciéndolo con los mismos resultados. En cambio, la realidad está compuesta por todo aquello que sale de nuestro control, pero que podemos adaptarnos de algún modo; es eso, no lo controlamos pero podemos ser parte de ello, sacar algún provecho y pagar algunas consecuencias, sin que eso signifique pérdidas o ganancias absolutas. Ambos conceptos empatan cuando somos conscientes del precio a pagar por cada uno de los objetos de nuestro deseo y estamos dispuestos a pagarlo sin remordimientos.
Así también, la expectativa tiene en la mira un cierto orden, arbitrario y artificial pero funcional; algo que quepa y cuadre en los cajones que nos fabricamos con el razonamiento, que ya clasificado responderá a las necesidades también arbitrarias y artificiales que cierran el círculo de la misión porque “para algo vinimos a este mundo”. Las explicaciones de esto parten de las circunstancias particulares de quienes se atrevan a dar razón de ello, algunos las compararán y encontrarán similitudes y diferencias que darán pie a generalizaciones sistemáticas que además, serán objeto de aprobación de otros tantos con autoridad moral para convertirlas en sujetos de teorización, lo cual las acercará a explicar lo que pomposamente llamamos realidad.
La composición de millones de circunstancias hace realidades cambiantes, no por épocas sino a diario; la de un indígena rarámuri incide en lo que sucede en la ciudad de México por cualquier tipo de enlace que se haya establecido, lo mismo con un transportista del Bajío y un pescador de las costas orientales, como ondas producidas por gotas de lluvia cayendo en un charco. cada burbuja de influencia producida por nuestras acciones, incide en las de los demás lo hagamos consciente o no; la lectura puntual de esas acciones puede llevarnos a empatar a la realidad que nos rodea con lo que esperamos de ella, lo que nos haría comprender que son las coincidencias las que mantienen o cambian los rumbos, no el azar, eso si aceptamos también la mano de la probabilidad. Salud.
Beto

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