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| Habrá que estar abierto a las bifurcaciones. Foto: BAER |
Imaginar requiere de un permiso muy importante, el propio; conforme crecemos vamos convenciéndonos de que la imaginación es derecho particular de los infantes, lo que deja poco margen para la creación y sólo algunos aventureros se animan a desligarse de los atavismos que ha creado la “adultez”; basta un arrebato que nos deje claro que podemos variar lo que sentimos, por desgracia suelen ser aquellos que nos provocan malestares, sin embargo, el principio para provocar situaciones positivas es el mismo, es decir, gastamos la misma energía pensando positivo que negativo. Es cierto y como lo he afirmado en otras oportunidades, tenemos una tendencia marcada al melodrama y al sufrimiento, lo cual sólo hizo ganar a Juan Orol.
Supongamos que lo anterior no nos afecta, -sin llegar al extremo del hedonismo-, que mantenemos un equilibrio entre lo que nos gusta hacer y lo que percibimos como obligación, ¿en qué ocuparíamos nuestros pensamientos? Es posible que se requiera, de manera personal, una redefinición de lo que entendemos por placentero, algo tan personal como el uso del cepillo de dientes. Por otro lado, si el sentirse bien no despierta la imaginación, quizá lo haga todo aquello que urge, la diferencia estriba en que el bienestar adecuadamente invertido, proporcionará el tiempo para imaginar opciones variadas mientras que la urgencia centrará a la imaginación en un solo camino que la resuelva hasta el extremo, en ocasiones de la sobrevivencia.
La imaginación a cualquier edad es libre, que no volátil, requiere de cierta disciplina que le ayude a tener mejores y más duraderos vuelos planeados; recordemos que disciplinarse no es establecer un único camino rígido que no dé pie a voltear a otros alternativos, por el contrario, tiene que ver con el compromiso de estar abierto a cambiar de perspectiva cuando sea necesario, por así decirlo, que nuestro cerebro no se cierre a la posibilidad de abandonar lo que sabe, por algo más útil en ese momento. Esa preparación requiere lectura y entre más profusa sea, mejores perspectivas se tendrán para entender cualquier problema, quizá no se resuelva pero al menos se tendrá la capacidad de encontrar a alguien que sí lo haga y que la dependencia no sea esclavizante. Salud.
Beto

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