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miércoles, 9 de marzo de 2022

El mecanismo de ludicidad

La diversión se esconde detrás de nuestro
interés. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- La tendencia al juego se ha etiquetado comúnmente como un rasgo varonil, que un buen sector de féminas han tenido a bien desmentir, haciéndonos entender que no es una cuestión de género sino de especie, característica que compartimos al menos con otros vertebrados; entendemos que los perros y los gatos aprenden a cazar jugando con los demás miembros de su camada, algo que también realizan los mamíferos marinos. Pero el calificativo de juego se lo damos los humanos, por lo que es más un asunto de conceptualización si lo llevamos a las actividades netamente humanas. Llamamos juego al trepar árboles, correr detrás de un compañero o de un balón, golpear un saco, lanzar objetos o clasificar cartas, siempre y cuando sea divertido.

El juego sienta las bases para el estilo en que enfrentemos las tareas más serias, sean éstas lucrativas o no, pues desde los primeros escarceos de socialización evidenciaremos lo compartidos, generosos, hábiles o espectaculares que seremos, sin olvidar características potencialmente positivas como el oportunismo y la picardía; se puede ser juguetón con las palabras también, una característica que conforma la elocuencia con la que abordaremos un tema, sin menoscabo de la profundidad en el mejor de los casos. En cualquier escenario debe haber un aprendizaje en cuestión de hacer divertidas las situaciones que se enfrenten; sí hay un mecanismo de la risa, pero es heredado en un nivel biológico, divertirse es decisión de cada uno y las referencias para ello se adquieren con la experiencia.

La conformación de lo divertido resulta de compaginar esas referencias con el sentido del humor, ambos mecanismos tomados de las relaciones sociales; los más avispados podrán adaptar su humor a cada grupo al que pertenezcan o estandarizará el mismo en todos, los dos caminos son válidos. En un nivel superior, el sentido del humor será una buena herramienta didáctica; habrá que hacer una aclaración, por su investidura, no cualquier docente es capaz de adaptar su humor (si lo tiene) a sus formas de enseñanza, pero mucho menos cualquier payaso puede dar clases. Ser lúdico en la enseñanza es una capacidad compartida como en la vida cotidiana; en este sentido, quien afirme que un tema, una clase o un maestro son aburridos, no está haciendo su parte del trabajo.

Es en el interior de nuestro cerebro donde radica el sentido de la diversión; nuestro pensamiento puede ser origen y resultado de ella, dependiendo de la voluntad que invirtamos o si la causalidad es generosa con nosotros. No depende de nuestro arbitrio la cantidad de endorfinas que produzcamos, pero quizá sí el momento y la duración de éste para hacerlo, además, ser lúdico aunque va de la mano con el entretenimiento y la diversión, no necesariamente significa que debamos reírnos todo el tiempo. Nos divertimos cuando encontramos sentido a una tarea, a la observación de la obra de otros o a la reflexión sobre algo que modifique nuestro ritmo de vida y de eso estamos repletos a diario; o como diría mi padre: “sólo los tarugos se aburren”. Salud.

Beto

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