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miércoles, 9 de febrero de 2022

Mi escritor favorito

La vuelta al mundo no se hubiera dado en
ochenta días sin Paspartú. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Aficionarse a una práctica es un proceso educativo que ejemplifica perfectamente a la autodidáctica; ser seguidor de una persona por su profesión, de un equipo deportivo por su garra o de una idea por su atractivo, no siempre requiere de la supervisión de un experto aunque estar cerca de uno influye a la hora de elegir, pues su visión seguramente nos dará argumentos para adherirse a una causa. ¿Un escritor es objeto del mismo proceso metal? ¿Cómo sabemos que uno nos gusta? La respuesta sencilla tiene que ver con la frecuencia con la que lo leemos, pero ¿qué pasó por nuestra cabeza para descubrir nuestra afición? Por supuesto, primero hay que descubrir que nos gusta leer para después formarnos un criterio de lo que nos gusta leer y saber quién lo produce.

Por desgracia, esto sucede extra escolarmente, ya que la obligatoriedad intramuros le quita todo el atractivo a la lectura, con sus muy honrosas excepciones como sucede siempre. Por loo general, el verdadero acercamiento a la lectura se da de manera fortuita, cuando el mensaje nos hace algún sentido poniendo en nuestra mente, el reto de razonar, con lo que sentimos que participamos de la historia que se nos cuenta en la forma de un personaje, sobre un sentimiento o un ideal, atisbando por sobre los problemas y viendo la solución en el horizonte; el camino sencillo (de leer) es el del héroe, pero la verdadera lectura se encuentra en la identificación con el apoyo, ese personaje que va quitando los guijarros del camino del Quijote que haya adoptado.

El co-protagonista detrás del gran nombre se aleja del reflector para que el principal brille, por así decirlo, es el andamio por el cual el héroe escalará la cima de su aventura; todo sucede tras bambalinas, la gestión de cada odisea se realiza con los obstáculos o las complicidades que aporten los personajes secundarios. El entramado fino se teje en las sombras, la sorpresa se agazapa para el mayor disfrute del lector que, con todo ello descubrirá la posible afinidad con el artífice de la recreación de imágenes en nuestra cabeza. El nombre surgirá como por azar dado que el descubrirnos en una obra literaria tiene el atractivo de la intimidad absoluta, pues sólo nosotros sabemos qué puentes trazamos con esas líneas; quien nos vea con un libro, sólo especulará.

Imagino la cara de Carlos Fuentes, de Eraclio Zepeda, de Juan Miguel Zunzunegui, de Paco Ignacio Taibo II, de Juan José Arreola y varios otros volteando a verme por si los nombro como mi favorito; debo confesar que de algunos poseo varias de sus obras (aquí se asoma travieso Eduardo del Río) pero decir que del que más he comprado libros es mi favorito sería injusto puesto que mi consumo de literatura semeja al que hago de la música: no pienso en el autor sino en la obra y aun así, tampoco puedo señalar una, puesto que me encantaron tanto la obra máxima de Cervantes como “La región más transparente” o “México ante Dios” y también “Los trabajos de la ballena”; prefiero pensar que no es indecisión, sino que soy un lector sibarita. Salud.

Beto

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