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miércoles, 16 de febrero de 2022

Ed, la humanización cuadrúpeda

La idea atrapa a la realidad. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Desde Esopo, la humanización de animales o casas ha sido una herramienta literaria que nos permite, mediante la proyección de defectos o virtudes, conocer los límites éticos o morales del humano en sociedad aprendidos, por supuesto, según la etapa que estemos viviendo. Ni siquiera tiene que mediar el antropomorfismo para creernos que los animales pueden tener actitudes humanas, con el hecho de indicar el turno para hablar en los libros o ver cómo mueven su hocico en los dibujos animados o películas, nos basta para volcar en ellos todas las cualidades que les hemos imputado o las que adquieren en dichas producciones. Y a veces, ni siquiera es necesario que “hablen”, tenemos la suficiente imaginación para adjudicarles actitudes valorativas a sus movimientos.

Quienes tuvimos la suerte de ver la serie o las películas de Lassie o del vagabundo londinense pastor alemán, sabíamos perfectamente qué era lo que esos caninos deseaban transmitirnos y no entendíamos cómo es que sus dueños no lo hacían, sin comprender que la magia de ese entendimiento venía del montaje de los fotogramas. En los libros, los animales hablaban, pero en la televisión o el cine era algo difícil de imaginar hasta la llegada en los sesenta de Mr. Ed, el caballo que habla, aunque ratones, perros o aves ya lo hacían antes pero en las caricaturas. Ed era un caballo blanco que se reservaba el compartir su don con su dueño (por accidente) Wilbur, para resolver problemas domésticos o de oficina.

Aunque la mayor parte de las veces, antes de resolverlos, provocaba otros debido a su costumbre de contestar el teléfono de la residencia; esto era posible ya que, con chantajes, logró hacer que Wilbur le pusiera una extensión de la línea. Así como decía la letra de la canción que identificaba al programa, ese equino de bella voz estentórea, logró hacer durante seis temporadas, que varios de nosotros deseáramos tener uno igual. Por fortuna no fue posible, porque ya hubiera visto a mis padres haciendo malabares al cambiarse de casa y cargando un caballo que posiblemente se hubiera quejado de las condiciones en que lo transportarían, los lugares en los que lo meterían o la poca privacidad porque ninguna de las casas tendrían establo.

La conjugación de las supuestas cualidades inherentes más las que les adjudicamos eventualmente a los animales, han servido de referencia para moldear algunos comportamientos mediante la animación a imitarlos, incluso en las competiciones olímpicas o mundiales, así que buscamos figuras que, por nobleza, valentía o arrojo ejemplifiquen lo que deseamos para nosotros mismos y los nuestros. Aquí me preguntaría, como simple experimento mental, ¿no que lo hacemos porque nos resulta difícil encontrar la humanización en nuestro interior? O ¿no será que evitamos adjudicarnos esas cualidades por el temor a la responsabilidad de mantenernos de esa manera de por vida? Sólo las imágenes huecas deben sujetarse con amarres. Salud.

Beto

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