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miércoles, 2 de febrero de 2022

Hacer de lo antinatural, significativo

Actividades complementarias que no viven una
sin la otra en el escritor. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Leer no es una actividad para la cual hayamos nacido, es el acto culmen de la socialización que ha dado estructura a la manera en que vemos el mundo; el novel de abstracción requerido para decodificar el conocimiento o los sentimientos retratados en letras depende del convencimiento que tengamos no sólo de su utilidad, sino del placer que pudiera alcanzarse. La lectura sí va más allá del repetirnos mentalmente las sonidos que cada dibujito enlazado con otro, va llenando de significados nuestra cabeza, pero esa significación es primaria, nos enteramos de lo que quieren decir, pero algunas veces no de lo que la lectura misma desea que mantengamos en la memoria, porque llegar al sentimiento de un escrito, requiere de educación.

En palabras de Paulo Freire, es un acto liberador que nos permite expandir nuestros horizontes, de lo cual surgen nuevas ideas ya que “la lectura del mundo precede a la lectura de la palabra”; al final, leer es el acto comparativo entre lo que observamos en nuestro entorno y lo que otros tienen que decir del suyo -que a veces es el mismo-, las adecuaciones surgen por sí solas, el pensamiento se moldea y comparte versiones o se contrapone a lo que percibimos como incoherencias confiando en que cada escrito está sustentado en una realidad, tangible o no, sin que el mundo de la fantasía le reste validez a un texto. También, como habilidad adquirida, se ampara en la convención con la que muchos jugamos al sinsentido con intenciones lúdicas.

Y si leer no es natural, escribir lo es menos; ligado uno al otro en sus bases, con el ejercicio y la rutina pueden convertirse en especialidades; hay lectores que con cuyo talento provocan la recreación de los pasajes de un libro en el cerebro del oyente, matizando con su voz o reafirmando con ademanes que dibujan en el aire animales fantásticos, máquinas imponentes o corazones compasivos. Apaciguan el hambre de historias con la que todos nacemos y que vamos refinando según las actividades que realicemos o las compañías que nos hayamos agenciado. Ahí encontramos un segundo nivel de lectura, pues la palabra impresa se transforma en sonido al que debemos dar una valoración preestablecida por la experiencia tanto del lector como del oyente.

La lectura, sin embargo, no garantiza la escritura aunque es una obligación para el que ejercita la pluma; un redactor no es necesariamente un escritor. El primero puede manejar con maestría las herramientas gramaticales, es decir, tendrá la forma, pero para convertirse en escritor deberá además dominar el fondo, lo que en palabras llanas significa que tendrá necesariamente algo que decir. Por el lado contrario, tampoco aquel con imaginación solamente podrá llamarse escritor si no conoce la forma, pues carecerá del medio para traducir sus ideas en palabras. Pensar e imaginar es tan natural como ver, tan sólo se abren los ojos y las imágenes están allí, frente a nosotros. Leer y escribir nos apartan de la animalidad y nos hacen tocar un poco de eternidad. Salud.

Beto

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