| La convivencia dictará la forma en que nos transformemos. Foto: BAER |
Es posible que nos momentos felices (o al menos dignos de atesorarse) sean pocos pero significativos, como la obtención de una buena nota en la materia en la que todo el salón veía un problema, el conformar el equipo deportivo representativo del plantel o el saber que no éramos indiferentes a esa personita que nos gustaba. Claro que esa felicidad era efímera y pocas veces se repetía, pero casi compensaba los tragos amargos. A los que no se nos dio más explicación que el consabido “es tu obligación”, no tuvimos más remedio que el buscarle lo bonito a la escuela o, al menos, encontrar una alternativa que la maquillara un poco; para algunos fue el deporte, para otros alguna que otra adicción y, los más coherentes, las materias que nos impartían.
La sensación de vacío después de un periodo vacacional en la víspera del reinicio, parecía aumentar aunque con la esperanza de encontrar motivos para que nos gustara. Varios coincidimos en que el gusto llegó, algo tarde, pero lo hizo. El secreto estaba en entender que la obligatoriedad no es impuesta, sino que reside en entender que el aprender es un asunto personal y depende únicamente en darle la oportunidad a la teoría de mostrarnos eso que parece un misterio destinado a unos cuantos privilegiados, cuando en realidad está al alcance de la mano. Que no es la academia lo que va a conformarnos, sino que somos nosotros los que damos sentido a la academia, transformando así al aprendizaje y al conocimiento en un esfuerzo común.
Además, el conocimiento significativo es vivencial y en la escuela lo encontramos en cada persona con la que nos dimos permiso de convivir, los compañeros, los profesores, los administrativos, el personal de limpieza o quienes atendían la tiendita, las teorías en los libros eran el pretexto para entender primero, ese micro cosmos dinámico encerrado en las paredes de cada edificio y segundo, comprender que el aprender es una práctica permanente donde seremos alumnos y maestros de todos los que nos rodean. Entonces, estamos en un continuo y eterno regreso a clases, con cada amanecer, con cada situación y con cada persona conocida o ignota que nos dará las pautas para comparar nuestros avances, sin notas ni calificaciones. Salud.
Beto
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