| La imaginación vuela al destino que le indican las manos. Foto: BAER |
El segundo término en el que solemos dejar a la alfarería, la carpintería, la ebanistería o la encuadernación, va quedando atrás pues se han revalorado como alternativas de crecimiento para quienes ya no encuentran satisfacción en los empleos de corte netamente académico o para los que pasan a engrosar las filas de los jubilados. Su visualización comienza a parecerse a lo que siempre han significado la comida económica o la joyería de fantasía con la diferencia de que las estrategias de venta y el escaparate en el que se encuentran actualmente. Quien tiene la fortuna de haber heredado un oficio como los anteriormente mencionados, tiene cierta sensibilidad para observar su entorno, sus ojos ven detalles que a los demás “normalizados” nos pasan de largo.
La concentración mientras se realiza un trabajo de esa naturaleza, al no ser netamente conceptual, permite pensar en otras cosas a un ritmo marcado por la velocidad de las manos, una vez dominada la técnica por supuesto. Puede saberse a simple vista quién tiene una ocupación manual por su postura, el ritmos con el que habla, la cadencia con la que sus manos acompañan lo que dice, como si nunca tuviera prisa o como si el tiempo lo respetara más que a los que sólo les importa terminar. Porque una labor manual permite disfrutar el proceso más que el producto, pues la curiosidad tiene su reino en saber cómo se hacen las cosas evento por evento, ya que la labor es la dinámica, la que conlleva la sorpresa y no el producto terminado.
Transformar tablas en muebles, barro en vasijas u hojas en libros supone una competencia contra unos mismo, el reto de prolongar las facultades por el tiempo que sea posible, siendo consciente de que el verdadero legado es enseñar el proceso, no el dejar mercancías; el proceso se puede perpetuar, las cosas no. Así también el escritor que transforma una hoja de papel en un vehículo de la imaginación, pero la hoja escrita, por sí misma, no posee valor alguno hasta que es leída, el goce está en el proceso tanto de dibujar las letras como el de repasarlas con el beneficio de la mirada ajena. En última instancia, todo trabajador es un artesano cuyo oficio se dignifica en la propia labor, pero el que se hace con las manos, lleva la esencia del creador. Salud.
Beto
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