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| Habrá que redefinir el “Viva México cabritos”. Foto: BAER |
Para los “hijos de la ambigüedad”, como nos bautizó Raymundo Sánchez, la búsqueda de la identidad nacional se parece a lo que afirmamos sobre la búsqueda de trabajo, que rogamos por no encontrarlo. La idea de estar eternamente desamparados nos fascina pero la victimización a la que nos hemos sometido nos crea la ilusión de ser objeto de la piedad del mundo exterior, así que, el ser el “hijito pequeño” de Guadalupe, los que se negaron a la carrera armamentista, los desposeídos históricos, viene bien pues nos libera de ser líderes en el continente. Además, existe un miedo no aceptado de que se nos considere poco gratos por parte de nuestros vecinos del sur, por ello alimentamos cierta animadversión en contra de los gringos aunque en el fondo, quisiéramos ser como ellos.
Todo lo que mencionamos está fuera de los límites de la pureza, al menos si tratamos a ésta como la definición de lo hecho con un solo elemento y una única idea originales; dudo que haya algo así en el mundo, pues con tantos intercambios como ha tenido la humanidad, resulta que lo que tenemos es un gran mestizaje. En el discurso simplista de lo nacional sólo se mencionan dos elementos: lo indígena y lo español, como si este territorio nada más hubiera sido poblado una tribu y lo español no hubiera sido el resultado de una mezcla de íberos, romanos, árabes y un montón de grupos más. Viéndolo desde esa perspectiva, mexicano y español no son razas, únicamente son la denominación del habitar un terreno.
Y como todos los nombres, bautizar como mexicano a una persona, un producto o un territorio es tan arbitrario como los husos horarios -que cambiamos cada seis meses- nos sirve de referencia y quizá nos permite estar orgullosos por sentir que pertenecemos a una especie de clan, pero no nos define en lo biológico y en lo cultural, sólo es la gran historia de apropiación de elementos que les hemos dado un aspecto particular, si no fuera así ¿cómo es que hay tamales en Guatemala, las hamburguesas no son originarias de Hamburgo ni las papas a la francesa, de Francia? Las fronteras sirven para administrar una población de más de seis mil millones de seres humanos, pero en el interior somos tan iguales y tan mestizos como perros callejeros. Salud.
Beto

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