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miércoles, 11 de agosto de 2021

Dicotomía escuela-vida cotidiana

La información sirve según el destino
que queramos para ella. Foto: BAER

Es un laboratorio, por supuesto, pero se aleja demasiado de la vida diaria al grado de volverla un extracto no muy definido de un ideal; la teorización es básica dado que sin ella sería imposible el compactar datos y crear nuevo conocimiento, pero si no se liga con alguna práctica en una realidad significativa, lo que hayan dicho o apuntado los grandes pensadores, quedará como “lo que se dice de la gente”, algo ajeno. A una sociedad adolescente nada malo puede ocurrirle, no porque no exista el riesgo, sino porque prefiere no ser consciente de ello. Además, una cada vez más ligera pero presente tendencia hacia lo mágico como destino, impregna toda acción hacia el interior del aula, creando un espejismo de casualidad afortunada que compensará toda frustración.

¿A qué me refiero? A que hay en todo ambiente escolarizado, la inconsciente creencia de que los éxitos llegan por casualidad, por amiguismos o por oportunismo con la suposición de mejorar en todo momento, pero no basado en el trabajo ni la cooperación, lo que deja un margen muy estrecho para el razonamiento y el uso del sentido común, Cada uno de nosotros recordará (si la tuvo) la sensación de angustia que provocaba un examen parcial o final, máxime si la materia no había sido atendida apropiadamente debido a que nos parecía aburrida, cuando en realidad era una situación creada por una mezcla de poca participación, malentendida obligatoriedad y una mal enfocada inteligencia emocional.

Es posible que la campaña de “es tu única obligación” no haya dado los resultados esperados y sea tiempo de que se erradique de la educación nacional, que el camino escolar no sea nada más la búsqueda de un buen trabajo como condena bíblica para convertirse en la búsqueda y formación personal de individuos capaces de confiar los unos en los otros para formar asociaciones virtuosas en el sentido productivo; dejar la acumulación de datos para los ordenadores electrónicos y hacer un uso realmente humano de la información, cualquiera que ésta sea. Dejar de ver los contenidos como algo inútil porque “yo no me voy a dedicar a eso” para tenerlos como la fuente de donde emanen preguntas inteligentes que nos lleven a saber más.

Un ser humano sin curiosidad no tiene razón de ser, se vuelve un ente gris, taciturno, sin motivos para mantenerse en armonía con su entorno y buscará ajustarse a la moda del “ya nada me sorprende” que sólo lo viste con un traje muy gastado al que nadie, en su sano juicio, soporta. Ahora bien, preguntarse ¿para qué sirven las matemáticas, la geografía, la historia, la física, la química? No es asunto que deban resolver los maestros, ellos como sea  ya les encontraron la utilidad; la responsabilidad de encontrar la respuesta es del discente, ayudado por supuesto, por todos los adultos que lo rodean, al menos si no considera que, por saber apretar unos cuantos botones, ya no necesite de información vieja. Salud.

Beto

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