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| En la actualidad, los disfraces impiden saber quién es el ladrón. Foto: BAER |
En estos días como desde hace varias décadas, tratamos con dobels morales que intentan poner orden en nuestros pensamientos, pero que dejan más confundidas nuestras cabezas; en cuanto a la creación y acumulación de riqueza debemos lidias con la concepción malévola del rico basada en la tradición judeo-cristiana y un malentendido y trasnochado marxismo. La primera no explica la explotación y la segunda mal expone la distribución. Los refuerzos a estas ideas los tenemos muy a la mano cuando leemos, si es que acostumbramos hojear la biblia, el apartado “es más fácil que un camello...” o enterarnos que el primer mandatario afirma que se puede ser feliz sin dinero, ambas unas posturas desde el privilegio de la ficción.
No se puede hablar de riqueza si no hay capacidad de acumulación, otro tipo de empresa que se contempla desde una perspectiva individual porque, fuera de broma, ¿quién se ve a sí mismo como un agente financiero? La primera -y posiblemente única- postura que se tiene de las finanzas, es aprender a minimizar (o a evadir) el pago de impuestos por la consabida desconfianza sobre el manejo del dinero por parte de los gobiernos de los tres niveles. La clandestinidad es una vía ilegal desde donde sele vea, pero vista en este país como necesaria para protegernos de la voracidad de las autoridades, lo que redunda en mantener una economía emergente en la que “ahorro” es una novela de ficción.
Históricamente, las dos formas factibles de crear riqueza son el trabajo y el robo; ambas formas aceptadas como “naturales” en esta sociedad fastidiada por la situación de secuestro institucional, pero indefinidamente adaptable a la misma. Incluso, el robo presenta dos variantes, el condenable si acaso no hay de otra imputable a raterillos o bandas de poca monta y el que goza de impunidad como el realizado por el crimen organizado y varios gobernantes a lo largo del tiempo, lo que además frena el desarrollo del trabqajo honrado y la creación de empleos. La ironía está en que ser empresario en este país tiene una imagen monocromática de explotador, pero se han hecho apologías del empresario del delito, condenando todo tipo de riqueza. Salud.
Beto

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