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Dentro de lo que cabe, un salón virtual debe ser un espacio donde fluyan las ideas, una cava del conocimiento o en su defecto, una alacena de información gourmet.

miércoles, 30 de junio de 2021

Bibliotecas virtuales

El medio es lo de menos, lo importante
es leer. Foto: BAER

Sigo pensando en que nada hay como palpar las páginas de un libro, pero la virtualidad ha venido a facilitar enormemente la búsqueda de datos para quienes nos dedicamos a meter las narices en obras ajenas; algunas de éstas gratuitas y bajo el estigma de la ilegalidad, otras con un costo, lo cierto es que están tan al alcance de la mano que no es difícil abrumarse con la idea de intentar leerlas y saber que no nos alcanza la vida para hacerlo. Fue relativamente poco el tiempo que tomó el introducir en la red la mayor parte del conocimiento, aunque para un matemático resulte lógico y normal que así haya sido, por un simple tema de cálculo exponencial.

En tres décadas la world wide web compiló el equivalente aproximado del conocimiento mundial, lo que a la legendaria Biblioteca de Alejandría quizá le haya tomado algunas más compilar el de su época; no cabe una comparación en cuanto a su funcionamiento pues carecería de justicia, sin embargo, basándonos en las ideas y necesidades de cada periodo podríamos afirmar que cada una de las versiones cumple con su cometido, la antigua con el de conservar el conocimiento y las actuales, con el de mantener la disponibilidad para la difusión, claro está, con el mínimo de riesgo de tergiversación en aquella por el hecho de que no todo el mundo podía consultar, menos cambiar sus contenidos.

Ahora la información se ha vuelto más dinámica por el hecho de que hay un número considerable de aportadores de conocimiento desde la academia o lo investigación y éstos a su vez, cuentan con un mayor número de plataformas para publicar sus resultados. Lo mismo pasa con los usuarios de enciclopedias abiertas como Wikipedia; el riesgo estriba en que, al no tener filtros basados en las teorías, cualquier información puede ser tergiversada, por lo que a lo único que se apela en su consulta, es a la buena voluntad de los que aportan los datos. En el caso de las biografías contemporáneas, los protagonistas tienen la oportunidad de vigilar lo publicado.

Viendo el lado amable, en estos días los pretextos para no tener una biblioteca amplia se reducen a la mera falta de voluntad, a menos que no se tenga acceso a una terminal electrónica; para los que nos proclamamos a ratos como emisarios del pasado, podríamos argumentar el cansancio que provoca la lectura en pantalla, pero hay la oportunidad, por así llamarla, de la impresión a plazos, es decir, en partes. Otra ventaja es que pueden encontrarse títulos a un costo muy bajo comparado con la contraparte en papel, lo que también sería un buen camino para elegir los títulos que conformarían la biblioteca física personal. Felices lecturas. Salud.

Beto

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