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miércoles, 19 de mayo de 2021

Tu obligación es mi derecho

Aguantarme es tu obligación; no aceptarte,
mi derecho. Foto: BAER

Dentro de la naturaleza y comportamiento humanos, los derechos vienen a ocupar un espacio que en algunos momentos se vuelve pantanoso; la pregunta que se me ocurre en estos momentos es si ¿se nace con derechos o se ganan mediante méritos? Habrán notado que es un cuestionamiento medio tramposo porque ambas figuras existen a nivel constitucional, es por así decirlo, la forma que tenemos de proteger a la vida en un inicio y mostrar un camino digno en el comportamiento social. Debe ser de esa manera porque no se pueden exigir méritos a un recién nacido, cuando lo que priva en su existencia es la indefensión, mientras que las libertades y obligaciones son los cotos que se pondrán al uso de la razón.

Pareciera contradictorio, pero cualquier libertad tiene límites a veces bien definidos, a veces flexibles que no se quedan en la ambigüedad del comienzo de la libertad de los demás, pues los anclajes serán los derechos a los que nos hagamos acreedores. Un ejemplo simple pero ilustrativo sería considerar que todo el mundo tenemos la libertad de externar nuestra opinión, pero ¿nos hemos ganado el derecho de hacerlo sobre el comportamiento, la apariencia o los conocimientos de otros? Lo anterior no depende de otra cosa que de la manera en que hayamos negociado esa autorización, a sabiendas también de que ninguno de los tratos que hagamos, necesariamente es igual a otro.

Es decir, no todo el mundo tiene la disposición a la crítica ni, mucho menos, la obligación de soportarla de igual manera. Entonces, ¿cómo nos ganamos los derechos? La respuesta simple sería “con el trabajo diario”, pero a esta afirmación se anteponen otras que empezaron a estar de moda con el creciente yoísmo en palabras como “así soy y qué”, “quien me quiera debe aceptarme como soy” o “la gente nunca cambia”, todas ellas verdades a medias. Lo son en la medida en que nos adjudicamos los resultados del trabajo de otros, pues si alguien lo dijo y se parece a lo que pensamos, lo tomamos sin averiguar en qué circunstancias lo afirmó y, en un alarde de soberbia, lo hacemos una verdad general.

En el lado opuesto están las prohibiciones a ultranza, ésas creadas para proteger sensibilidades que tampoco han luchado en realidad por derecho alguno y que tomaron las ideas porque funcionaron en el extranjero, sin entender el marco en el que está sucediendo eso que censuran. Por supuesto que llamar “gordo” a un gordo es molesto para él sin antes haber hecho algún mérito para tomarnos tal libertad. En un contexto más amable, sería una muestra de afecto. Lo mismo pasaría con los nombres propios si antes no hemos negociado el derecho a usarlos. Instruir en ello, así como en las ciencias, es por supuesto una obligación, pero ¿cuántos en realidad se han ganado el derecho de aprenderlos? Salud.

Beto

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