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miércoles, 12 de mayo de 2021

Didáctica de los derechos humanos

“Abogado, defiéndame bien a mi muchachito
de esas peligrosas hormigas”. Foto: BAER

Hay una laguna metodológica que impide la comprensión clara y su aplicación en la vida cotidiana; prevalece la victimización de individuos que decidieron vivir fuera de la ley, como objeto del cuidado de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos; pareciera que los reglamentos actuales están hechos para proteger a la delincuencia que, a decir de algunos, es lo único organizado en este país y es que están hechos de tal manera que los de a pie no podemos entender del todo, lo que nos lleva a solicitar los servicios de los especialistas con la única condición de tener el dinero suficiente para solventar los gastos legales y sus honorarios. Ambos cobrados por hora.

La última afirmación no es del todo cierta, sólo es una apreciación dado lo eternos que se vuelven los juicios, sin importar el tipo de delito; lo que sí impacta es el tipo de delincuente, pues los profesionales en el asunto tienen toda la información para evitar enfrentar las consecuencias de su proceder. ¿Será esta sociedad el producto de la educación-instrucción académica que conservamos? La obligatoriedad de la vida escolar ha fracasado entonces, puesto que no ha sido la panacea del México independiente que se pensaba en el siglo diecinueve o quizá, los contenidos no han tenido la fuerza suficiente para impactar positivamente en las conciencias de los discentes.

La didáctica de los derechos en general parece entender a los depositarios de los mismos como químicamente puros bajo cualquier circunstancia, dejando de lado que la comisión de un delito significa la renuncia de tales derechos. ¿Por qué alguien que se pasó por sus reales escrotos debe considerársele digno de exigir derechos? Está bien, la aplicación del “ojo por ojo” sería un retroceso en lo poco civilizados que somos, pero no es posible que un delincuente goce de privilegios por encima de su víctima. Una parte de esa laguna sería la concepción de la delincuencia; de niños era un pecado imperdonable acusar a un agresor por considerarse débil al denunciante,

La segunda parte de esa misma laguna es la desconfianza en la palabra; a nadie se le considera portador de la verdad en primera instancia y, la tercera, el miedo a la venganza, puesto que seguramente el afectado de la denuncia será un débil mental que buscará un pretexto para sentirse agredido. Así tenemos entonces, a bromistas y bravucones en las escuelas, raterillos en las calles, asaltantes territoriales y asesinos que buscarán el cobijo de una ley que no sirve para mantener el orden, sino para solapar actos vandálicos en contra de una sociedad incapaz de imponer su idea del bien y a la que hacen pensar más en el bienestar de un asesino. Salud.

Beto

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