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Dentro de lo que cabe, un salón virtual debe ser un espacio donde fluyan las ideas, una cava del conocimiento o en su defecto, una alacena de información gourmet.

miércoles, 31 de marzo de 2021

La estadía y su valoración

Es verdad, el hábito no hace al monje.
Foto: BAER

No basta con entender que somos seres sociales, es necesario el ejercicio de esa sociabilidad para completar un esquema de desarrollo mental y afectivo eficiente para sobrevivir fuera del hogar; convivir infiere, además del intercambio de ideas, aprender a tolerar lo que nos disgusta, a perder con dignidad y ganar con modestia, a valorar todo en su justa dimensión. El entrenamiento para ello se da viviendo, atesorando lo bueno y desechando lo malo, pero ¿cómo decidimos qué es uno y qué es otro? Para no crearnos expectativas fuera de contexto, tendemos a pensar que todos estamos estandarizados sin importar las regiones, debido a que recibimos la misma instrucción escolar.

Antes de ello, suponemos que al vivir en un país cuya población es en un ochenta por ciento católica, todos los hogares impondrán los mismos valores a sus integrantes. El problema es que parece no ser cierto, la uniformación de la información no implica la de los comportamientos; somos seres capaces (o víctimas) en el ejercicio de la interpretación de los mensajes, por lo cual, también como conocimiento general, lo que es bueno para unos, para otros no. Para tener un punto de referencia, radical pero muy ilustrativo, podemos establecer el respeto a la vida, un concepto que pasa por el tamiz de la ambigüedad conjugado con cierto romanticismo.

Es posible que conozcamos a alguien que se desviva  por proteger a las especies indefensas de la mano del hombre, activistas que traten de convencer a los demás de adoptar un perro o salvar la selva chiapaneca, gente tan comprometida con sus ideas que no pierde oportunidad de participar en cuanta manifestación en favor de la vida se organice. O a otros que no hacen notoria su indignación pero que se mantienen firmes en el respeto general conduciéndose con la máxima “si no me molesta, nada le hago” por lo que no será capaz ni de pisar un alacrán en la calle si no le representa ningún riesgo, todo cambia si su espacio es amenazado.

Pero los hay que la muerte les representa su vida, tanto en actividades legales como ilegales; los primeros son necesarios, pues no cualquiera tiene el estómago suficiente para dedicarse a matancero. Los segundos son los censurables pues han perdido toda proporción de lo que implica compartir espacios, por diferentes razones pues podría ir desde la desesperación por no conseguir empleo, hasta la necesidad de enriquecerse de manera rápida dominada por la codicia. No, la información uniformada no es garantía de una buena convivencia pues la mezcla entre la educación en casa y la interpretación de las escalas de valores es una responsabilidad no asumida. Salud.

Beto

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