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miércoles, 24 de marzo de 2021

A fuerza de repeticiones

Las tareas nada tienen que ver
con los géneros. Foto: BAER

Los hombres somos animales de costumbres, de lo cual estoy completamente convencido pues en cuestión de costumbres, yo soy muy animal; la disciplina se nutre de hábitos los cuales tienen su origen en casa, algo que todo mundo sabe, aunque se da por entendido el mecanismo por el cual se arraigan en nuestro ser. La repetición de conductas para crear memoria tanto en lo físico como en lo mental es primordial, sin embargo, los demás factores como la percepción de la autoridad, la valoración de la cooperación y la estima del propio esfuerzo conforman la superestructura de su aprendizaje. No son cosas menores desde el hecho de que requieren vigilancia y directrices que marquen cotos para el entendimiento de los derechos.

Fuera de concepciones conductistas, saber qué es bueno y malo, prudente o imprudente, realidad o fantasía supone cierta preparación que el gran público supone que se aprende con el tiempo, sin más guía que la obtenida en la calle o en los medios de información. No obstante, los primeros años de vida son responsabilidad absoluta de los padres de familia; lo que los niños aprenden en ese tiempo, será lo que dirija toda su vida. El refuerzo y la réplica de ello tendrá que ejercitarse en los siete u ocho años siguientes a los primeros tres, cuando sus físicos ya estén aptos para copiar algunas de las tareas que se realizan en casa, por ejemplo, la limpieza.

Incluso la milicia le da mucha importancia al tender la cama, debido a que ello sienta las bases de cualquier disciplina por lo metódico que resulta realizar dicha tarea. Pero la vida diaria del grueso de la población no está inserta en la milicia ni entiende de las órdenes a ultranza. No obedecemos a ciegas pero sí somos capaces de hacer todo lo contrario sin pensar. Damos una importancia casi irracional a la búsqueda de la propia identidad, individual por supuesto porque la social se deja para después; queremos desde una edad temprana, saber lo que se siente hacer o que se nos dé la gana rechazando sistemáticamente las imposiciones.

Así nos hemos acostumbrado a dar y recibir las instrucciones, a la fuerza, por obligación, sin negociación ni convencimiento. Bajo esa perspectiva, cualquier tarea suena a castigo; una forma de contrarrestar esa tendencia sería manejar las tareas domésticas como una forma de integración que requieran de merecimiento, donde los refuerzos tuvieran que ver con la afirmación de la estima por parte de los demás miembros de la familia. En erradicar los presupuestos es donde se encuentra el problema, pues la obligación se maneja desde el exterior de cada individuo dejando la responsabilidad del cumplimiento en la vigilancia de la autoridad impuesta. Salud.

Beto

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