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| La cuestión está en con qué rellenamos nuestro ser. Foto: BAER |
Las costumbres forjan caracteres y en el caso de lo que acostumbramos a comer, éstas se vuelven inamovibles; creemos que todo lo que hacemos de manera cotidiana ya lo tenemos aprendido y nada tenemos que agregar a lo que venimos realizando con la frecuencia diaria. Las necesidades cambian según la edad y la alimentación es una de ellas; así como no tenemos cuidado con lo que sale de nuestra boca, algunas veces tampoco lo tenemos con lo que introducimos en ella, salvo honrosas excepciones. Confiamos en las supuestas características de la raza de bronce, en nuestra habilidad para soportar el picante, en lo atrabancados para enfrentar los problemas, en lo duchos que somos para saltarnos las trancas.
Cobijados en la consigna “a mí nada me va a pasar”, sometemos a nuestro aparato digestivo a diversas pruebas de pertenencia, porque un mexicano come chile en cantidades industriales, hace lo que puede a ver qué pasa porque, además, las leyes se hicieron para romperse. En labios de alguien a quien aprecié mucho, sonaría “¿para qué tanto procurarme?, si acaso llego, ya me cuidaré cuando cumpla sesenta”; es un rasgo cultural quizá, pero uno que nos deja mal parados a la hora de envejecer ya que un cuerpo achacoso es más difícil de curar con los años. ¿Qué nos impide entender que entre mejor nos cuidemos de niños, más posibilidades tendremos de envejecer dignamente?
En un esquema simplista, observaríamos al destino como algo ajeno a nosotros, mezcla de voluntad divina y fatalidad. Aprendemos a vivir sin creer en nuestra responsabilidad ni en el derecho de hacer de nuestro destino, una meta voluntaria, sin que esto signifique que de nadie necesitamos para crecer. Una buena parte de nuestra desconfianza en los demás, descansa en la idea de que no somos quienes determinamos nuestra vida; aunque ya casi erradicada, la cereza de este pastel biológico, será la idea de que los seres humanos nacimos para sufrir, con la esperanza de una recompensa después de la muerte. Pero ¿y si tal recompensa fuera la de haber nacido?
En todo momento hacemos referencia a nuestro modelo de vida; alimentarnos no es una acción con la cual hayamos sabido administrar desde que llegamos a este mundo. Vinimos a aprender, a cultivar nuestra capacidad de asombro, a admirar los logros tanto propios como ajenos. El aprecio que atesoremos en cada bocado de vida vendrá a conformar el legado que dejaremos en este planeta donde los moles, los pozoles, las enchiladas que nos hayamos inventado servirán de referencia para los que nos siguen y hagan sus propios platillos, pero siempre haciéndoles ver que las premuras y los excesos no sólo llevan a la obesidad a nuestro cuerpo, también al espíritu. Salud.
Beto

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