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miércoles, 17 de febrero de 2021

Yo te bautizo

La verdad nos panfirulea el poner
nombres. Foto: BAER

En un razonamiento anterior, me preguntaba si existirían los daltónicos de nacimiento, una cuestión que parecería ociosa si no tuviera la intención de servir de herramienta para el entendimiento de la razón y la verdad como formas de conocimiento; así es, como estructuras de pensamiento, ambos conceptos definen procesos mentales con los cuales, lo que consideramos la realidad, adquiere coherencia. La búsqueda de ambos debe adherirse a un método avalado por el rigor científico y la curiosidad que creemos inherente a nuestra muy cuestionada humanidad. Ahora bien, cualquier condición con la que hayamos nacido, definirá la manera en que percibamos el entorno y ésta nos parecerá lo más natural sin que medie duda alguna.

Lo que medfia entre percepciones es la confianza en que todos captamos de la misma manera el mundo, al menos en el plano sensorial. Pero, ¿las máquinas que tenemos a la mano son capaces de asegurarnos que así como percibimos los colores, los perciben los demás? Es decir, en lo que confiamos es en la coincidencia verbal en cuanto a lo que la luz refractada nos sugiere, pero ¿qué tal si esa refractación en unos ojos se percibe como rojo y la misma en otros se ve como verde? Y los dos coinciden en que se trata del color rojo. Por supuesto, esta condición extrema sólo sirve para ilustrar los acuerdos a los que llegamos para nombrar las cosas, aunque esos nombres algunas veces, parecieran inherentes a lo nombrado.

Un nombre es una palabra poderosa, tiene un significado que, de alguna manera, crea un compromiso que delimita el comportamiento de un ser vivo o la existencia de un objeto. Asimismo, va reglamentando la percepción que se tiene de ellos; con sólo mencionar la palabra “mesa”, se despliegan ante nosotros las cualidades de los materiales, su utilidad, si cumple con las dimensiones según el espacio que ocupará, el estilo y si su origen es noble por cuestión de un sobrenombre que llamamos marca. Nombramos también a las acciones y cada una de ellas remiten al lugar donde se llevan a cabo, la duración de su realización y el número de personas que pueden participar de ellas, aunque genéricamente sólo sean verbos.

La convención nos une mediante el habla donde los acuerdos adquieren formalidad por medio de lenguajes que, a su vez, dan vida y dinámica a las lenguas y ellas también son nombradas. No hay magia más allá que el dar nombre, no hay acción creadora que nos acerque más a lo divino. La primera acción humana de Adán fue poner nombres a las cosas y como hablantes noveles, lo primero que queremos saber de cada objeto es cómo se llama. Nuestro cerebro funciona con las estructuras mentales que formamos a partir de la palabra, la cual como combustible, va construyendo y destruyendo a la vez los conocimientos en una especie de metabolismo universal para la creación. Salud.

Beto

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