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miércoles, 20 de enero de 2021

Como ratón de campo

Todavía quedan cajas por destapar. Foto: BAER

La acumulación también es cultura y no sólo un síntoma de algún padecimiento psicológico; en el largo trayecto en el que he dedicado algunos esfuerzos para colectar objetos, imágenes impresas o utensilios de toda índole con el fin de preservar la memoria (antes de que sea pasto del alemán), me he hecho de un peculiar bagaje donde la inutilidad campea pero la afectividad siempre vence. Dentro de ese mar de chácharas, hay cosas de un gran valor sentimental que sólo los acumuladores compulsivos entenderían su permanencia. Asimismo, cada objeto guarda un episodio importante con el que afianzo la imagen que tengo de mí mismo y me ayuda a no deschavetarme con el encierro físico proveyéndome de libertad mental.

Algunos de esos objetos, bajo la lupa del pragmatismo, seguramente fallarán en la prueba de la pertinencia, pues unos por anacronismo y otros por discontinuidad, ya no tendrían razón de ocupar un espacio, ése del cual carezco en mi humilde morada. Aunado a ello, el criterio de selección fue la emotividad al grito de “para algo pueden servir”, situación que rara vez llega, como con la tapa de un tarro que rompí hace como un año, que estuvo conteniendo algunas pequeñas piezas de metal como tornillos y banditas del pan Bimbo y que ahora que mi madre me regaló otro tarro, volvió a su utilidad original, pero las piececitas quedaron sueltas.

Ante la imposibilidad de mostrar en una imagen, los objetos y su significación que justifiquen tal alarde de embodegamiento, les comentaré únicamente la razón por la que guardé un dibujo de una persona que, a la fecha, recuerdo con mucho cariño gracias a él. Tras varias jornadas de convivencia, mi aprecio por ella se afianzó por una razón muy simple; la semana había transcurrido sin novedad y como era mi costumbre en el segundo semestre de la carrera, alisté mis cosas para emprender el regreso a casa, así que después de clases, dirigí mis pasos hacia la central camionera de León con la esperanza de encontrar asiento en el primer autobús ese medio día.

Al estar frente a la taquilla, me topé con la sorpresa de que el precio del pasaje había subido un peso y yo no llevaba más que lo del monto anterior. Cierta angustia me invadió al pensar que no podría regresarme, hasta que recordé que cerca de allí vivía mi compañera de clase. Fue muy gratificante, a pesar de la pena que me cargaba, percibir la disposición que mostró para ayudarme; materialmente salvó mi fin de semana con esa moneda, la cual pagué de inmediato el Lunes siguiente. Pasado un mes aproximadamente, antes de su partida de este mundo, a la mitad de una clase dejó tirada una hoja de papel con trazos en dos colores, la que recogí al final y a la postre se convertiría en el último recuerdo de ella. Salud.

Beto

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