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miércoles, 2 de diciembre de 2020

Nuevas trincheras, viejos sentires

Diferencias las hay, pero los comportamientos
deben tener un estándar. Foto: BAER

Los periodos deben cumplirse aunque los plazos aún no estén definidos; la vuelta a las aulas ya está contemplada en los estados de Guanajuato y Jalisco y la fecha tentativa no me deja muy contento que digamos, pues para nada me resulta atractivo volver a soportar la aglomeración de padres de familia afuera de mi casa el día de mi cumpleaños. Hasta aquí el destilado de egoísmo; por supuesto que es necesario que volvamos a la realidad como la concebimos hasta antes de iniciada la contingencia; claro que es necesario que todas las relaciones sociales, así como las laborales y comerciales, puedan realizarse sin el temor de contagios innecesariamente colocados en el recipiente de la incertidumbre, pero ¿todos estamos conscientes de los riesgos?

Al parecer no, lo demuestra el que el número de contagios va todos los días a la alta sin que se haya notado que las acciones tomadas por casi diez meses hayan servido de algo, además de esto lo que aterroriza es que el regreso a clases presenciales se esté dejando al criterio de la población, la misma que en buena parte no ha seguido las indicaciones para salir de este problema. Podría aquí citar a algunos teóricos de las ciencias sociales para tratar de explicar la poca consciencia de grupo que prevalece, pero ni les haría justicia ni mis palabras tendrían el impacto para revertir una tendencia de desapego cada vez más marcada que no responde a otra cosa que no sea la desconfianza.

Ahora que, no todo es malo, si acaso no resulta cierto el llamado al regreso a clases presenciales, el experimento de seguir por medio de la red serviría para medir nuestra capacidad de aguante (otra vez) y el grado de tolerancia que hayamos desarrollado con el encierro y el que nos estén rompiendo el corazón con promesas incumplidas. Al mismo tiempo, quizá se opere el milagro de que aprendamos a revalorar la convivencia y los espacios dedicados al aprendizaje. Un sueño guajiro quizá, pero doña esperanza la eterna, seguramente mantendrá el fogón cardiaco encendido para que las condiciones, tanto de los alumnos como del magisterio, cambien para bien no sólo en contenidos sino en instalaciones.

Por supuesto, me dejé llevar por las emociones encontradas por horas de observación de calles con un ritmo de compases hasta ahora desconocidos, interpretaciones de odas a la irreverencia desinformada pero belicosa que responde, según los clásicos, a una baja atención académica por ambos protagonistas, el uno por incentivos otorgados a cuentagotas y los otros por no ser capaces de ver la utilidad inmediata de los que se les enseña. La obligación opaca el enamoramiento por el conocimiento, aunque algunos lo logran a pesar del sistema; ambas partes han probado la alternativa a distancia, ¿cuántos de ellos habrán sido seducidos por el lado oscuro de la cibernética? Ahí viene enero. Salud.

Beto

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