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Dentro de lo que cabe, un salón virtual debe ser un espacio donde fluyan las ideas, una cava del conocimiento o en su defecto, una alacena de información gourmet.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Hacia el divino ocio

Hasta de las tareas que parecen más insignificante
se aprende. Foto: BAER

Las vacaciones escolares sabrán a poco, el encierro en los que sí cumplieron con las recomendaciones, acentuará la parte negativa de la rutina; la nueva sugerencia de evitar las reuniones en estas festividades no debe caer muy bien en el ánimo de un pueblo acostumbrado a mostrar su afecto con diversas formas de contacto e ingesta de alimentos. Las aulas virtuales se “vaciarán” dando paso a otras actividades cuyo riesgo será caer en la monotonía. Los afortunados que tengan un jardín, podrán inventarse tareas con las que se encuentren a sí mismos, desde la meditación hasta el cuidado de ese espacio, contando con la ventaja de que son actividades que fácilmente se convierten en formas comunales de esparcimiento.

Para los que viven en complejos departamentales, lo que debe privar es la imaginación, es decir, hacer de cada uno de los espacios que componen su morada, un laboratorio para la experimentación, todo bajo la premisa de que hasta de la más mínima experiencia, algo se aprende. Volver a los libros es una opción que debe tomarse en cuenta hasta como una alternativa para descansar la vista de la exposición a los famosos rayos azules de las pantallas y en los que también encontramos pistas para la mencionada experimentación; pensemos en la cocina o el bricolage u otras manualidades que no requieran de un espacio demasiado amplio para su realización ni el almacenaje de las herramientas específicas.

Bajo esta perspectiva, la casa es un centro educativo donde puede observarse que todos lo involucrados son a la vez, maestros y aprendices de todas las actividades posibles, Incluso, es factible pensar en la casa como un lugar que guarda misterios, que esconde vivencias que se convierten en relatos, que a su vez se transforman en historias que pueden terminar atrapadas en hojas de cuaderno, pues cómo es que, si no, se nutre la literatura, nada más hay que pensar en lo que nos parece gracioso, impresionante o hasta cruel, pues si fue digno de atrapar nuestra atención, también lo será para convertirse en un cuento, por ejemplo, de alguna hazaña deportiva que victimó las macetas del patio.

Como lo afirmó en alguna ocasión Paco Ignacio Taibo II “la historia está ahí, sólo hay que saber en dónde estamos parados”, por supuesto él se refería a las zonas de la ciudad de México donde se veían vestigios de la cultura mexica o los muros donde habían sucedido episodios de la colonia, la guerra de independencia o la revolución, pero que pasaban inadvertidos a la mayoría por estar ocupados en sus urgencias, Así nuestra casa, motivo ahora de su transformación en salón de clase, debe contener espacios comunes para nosotros pero nada corrientes para la vista de los demás. Al final de cuentas, todo lo que la academia nos enseña, en algún momento tendrá una aplicación práctica, mientras tanto, descansen. Salud.

Beto

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