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Dentro de lo que cabe, un salón virtual debe ser un espacio donde fluyan las ideas, una cava del conocimiento o en su defecto, una alacena de información gourmet.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Con uno que aprenda

La imagen a la que nadie debería aferrarse.
Foto: BAER

Los nervios nunca se acaban, ni siquiera treinta años de servicio logran quitar las cosquillas en el estómago que se sienten al pisar un aula; con mayor o menor intensidad, el fenómeno se repite a diario: a manera de foro, varios pares de ojos se fijan en cada movimiento que realiza el docente, unos para no perder la idea de lo que expone y otros para sorprenderlo en un error, los demás podrían estar contando los tabiques de la barda periférica, tratando de descubrir entre las voces del exterior la de su posible ser amado o repasando mentalmente lo que harán el sábado.

Los nervios siguen, se controlan pero no desaparecen; puede ser que se les encuentre utilidad ya que nos mantienen alertas por si acaso a Pedrito se le ocurre estar molestando a Lupita, a Tavito, jugar con el teléfono que le acaba de regalar su papá (quizá para compensar sus ausencias), a Gina, mantener a sus compañeritas al tanto de lo que su mamá vio en la televisión para conservar el cutis lozano, mientras la responsabilidad de que aprendan está equivocadamente impuesta en una figura de escasa comprensión de las exigencias institucionales y una estima muy baja.

Porque además, su autoridad ya no tiene el mismo valor y sólo está esperando que llegue su sentencia jubilatoria, con un destino incierto pero preferible a estar soportando presiones que nada tienen que ver con la educación; no como Jovita, que no quiere retirarse pues en el fondo sabe que su separación de los salones, significaría no tener propósitos para seguir viviendo o como Julián el de deportes, que se metió a la docencia porque le venía mejor el calendario escolar que meterse doce horas diarias en la panadería familiar soportando calores que no son de Dios.

No, los nervios no se van, sólo se han transformado en una mezcla de frustración e incertidumbre, de inseguridad por tratar de mantener la salud mental, del preguntarse diario si vale la pena salir de la cama para cumplir con rutinas añejas, con episodios repetidos de una serie que tiene siempre los mismos personajes aunque con distintas caras y con cada vez, menos herramientas para imponer orden, la panacea de los burócratas de la escolarización. Pero al final, los nervios pueden volver a dominarse, cuando se descubre aquella carita que logró aprender algo. Salud.

Beto

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