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| Las bases del conocimiento se imponen desde otras realidades. Foto: BAER |
Lo que resultaría interesante, sería escudriñar un poco dentro de la dicotomía aparente entre el academismo intelectualista y el empirismo creativo que, debo confesar, tomé arbitrariamente bajo el supuesto de que el tema ha logrado en algún momento conciliarlos, dando como resultado, formas educativas que no ponderan a uno sobre el otro. Conceptos como amor, ambiente, educación democrática, investigación, educación útil, curiosidad, independencia, cooperación, proceso político, pensamiento crítico, conforman un universo pedagógico medianamente explorado.
Los intentos por acercarnos a alternativas de educación, como individuos, han sido muchos y muy variados, aunque como país seguimos apostando por la teorización casi extrema. Esto tiene una lógica basada en el control cuasi doctrinario en el que se intenta uniformar por cantidades de conocimiento, más que por cualidades definitorias, sin tomar en cuenta el mosaico cultural que prevalece en el territorio, a pesar de la globalización tanto tecnológica como de contenidos, aún no esquematizados desde la óptica de la formalidad procedimental e institucional.
Entonces, la exploración del entorno como forma de entendimiento e identificación como parte de él de cada individuo, sigue postergándose en aras de convertir cerebros en archiveros poco críticos que deben descubrir por sí mismos y sin las herramientas suficientes, su lugar en cada grupo social. De esa forma, nos encontramos con generaciones que no saben cómo valorar el lugar donde viven, dado que no tienen idea de las riquezas culturales que guardan, lo que centra su atención en elementos fuera de su alcance, frustrando todo intento de exploración, hasta que otro los descubra. Salud.
Beto

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