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miércoles, 8 de julio de 2020

Ludicidad y educación

En clase de mate: "Y diche una y diche doch...
Foto: BAER
En todo el quebradero de cráneos por encontrar las mejores formas didácticas para facilitar el aprendizaje en general, se ha probado con un montón de elementos de los cuales, algunos lograron transformarse en herramientas; hay una constante en esa búsqueda: la diversión. Tratar de que los contenidos de cualquier materia dejen de ser aburridos ha sido una tarea más que se le endilgó al docente desde hace algunas décadas, tiempo que no ha sido del todo productivo, sin que esto se refiera necesariamente al seguimiento de objetivos o logro de metas en el aula.
Tiene que ver, más bien, con el ánimo con el que el docente cebe enfrentar a un montón de adolescentes (en ejercicio, adelantados o remisos) hacinados en contra de su voluntad, creyendo que estarían mejor en otro lugar, aunque no tengan idea de cuál pudiera ser éste. En cierta ocasión escuché una queja, coherente en ese momento, sobre el rol que debía ostentar quien quisiera estar al frente de una clase; entendí que, aunque se expresó en singular, en realidad se refería a los distintos papeles que un docente debe ejercer, independientemente del grado que atienda.
Así, el educador debe ser instructor, asesor, psicólogo, tutor y hasta madre o padre, actualmente debemos considerar por añadidura, entretenedor. Pero algunos caracteres no dan para ser divertidos, ni siquiera amenos, lo que no les quita el mérito de lo que saben y cómo eso que saben, lo aplican en su salón con muy buenos resultados a pesar de lo que pudieran decir quienes no estén dispuestos a invertir el mismo esfuerzo en el aula que en un cine o un centro nocturno. Es común escuchar “yo me divierto aunque los demás de aburran” o el espectáculo sea malo.
¿Por qué no tener la misma disposición para aprender que para evadirse? Si a la larga, una hora de instrucción académica sale más barata que una hora de concierto o de chistes ¿por qué se tiene en mayor estima a la segunda? Un actor puede pensar que su ritmo de vida es muy pesado pues, para vivir tiene que preparar al menos, tres actuaciones a la semana y con ello, completar cuarenta horas; un maestro, por ese mismo número de horas y un sueldo de risa, debe preparar al menos cinco actuaciones diarias para públicos que no le ofrecen la misma atención que al otro. Salud.
Beto

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