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| Adquirir un título no es como comprar estampitas. Foto: BAER |
Es posible que la intención no haya sido ésa, pero con los años, la escolarización ha basado su prestigio en el empapelamiento de paredes; la obtención de un grado requiere de una meta, para algunos será adquirir las habilidades necesarias para llevar a cabo una tarea, por ejemplo, seguir adquiriendo grados como en la primaria, la secundaria o la preparatoria o para insertarse en el mundo laboral como lo proponen las universidades con la sistematización de los conocimientos.
Para otros, es más importante probar a los demás el logro académico, ejerciendo o no la habilidad que se supone se adquirió. El extremo de esto último, es la colección; tener tres maestrías, dos doctorados, siete carreras parece, a la distancia, contraproducente. No es cuestionable la cantidad de conocimiento acumulado, quien haya sido capaz de hacerlo ha realizado una tarea por demás respetable pero, ¿cuándo todo ese bagaje se verá materializado en todo su potencial?
Claro está que la acumulación de papeles, así como la ultra especialización, no son la panacea con la cual se resolverán los problemas de un país económicamente dependiente y sin trazas de ponderar la investigación como estilo de vida, ni la divulgación científica, una actividad democratizadora desde las universidades. Un título se honra con la práctica, una universidad, con el ejercicio de lo aprendido y, más aún, con la inventiva que éste sea capaz de generar.
En otras palabras, un título no es un papel tapiz ni sustituye a la persona que lo adquirió; no debe ser un elemento enajenante que nos conduzca hacia la creación de una imagen propia “superior”, pues convertir el conocimiento académico en cultura, requiere de la integración de la individualidad a otras y de éstas a una conciencia social. También, de la suficiente humildad como para transformar los aspectos de la academia, en formas adecuadas de servicio a los demás. Salud.
Beto

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