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miércoles, 22 de julio de 2020

Gitano áulico

Lo más deseable en la educación, es el autocono-
cimiento en el aula. Foto: BER
Los grandes planeadores pedagógicos así como lo que tuvieron la dudosa suerte de tenerme entre sus filas académicas, debieron rasgarse las vestiduras cuando descubrieron que mi disciplina no alcanzaba para cubrir en tiempo y forma con la papelería impuesta desde la SEP para llevar un control de lo que se impartía en las escuelas y universidades a inicio de este siglo. Los tales formatos siempre me recordaron el porqué no me dediqué a la administración ni a nada que se le pareciera, pues siempre he presumido de un espíritu libre a prueba de ataduras institucionales.
Ya en serio, las tareas repetitivas me han causado pereza toda la vida, cuando no parecen tener una finalidad tangible, por ejemplo, la planeación de una clase. Que conste que no estoy sugiriendo que sean inútiles, sino que las veo más como una herramienta de control administrativo que didáctico; a ver si puedo explicarme. Las veces que tuve a bien realizar y entregar una planeación de tal índole sucedió una de dos cosas: o estaba tan preocupado por cumplir con lo que había escrito que me entretenía en cada detalle y perdía el tiempo o me olvidaba de ello y terminaba haciendo otra cosa.
Si existiera, yo me insertaría en una corriente pedagógica de corte mayéutico-reactiva, pues al tener como base un tiempo relativamente corto para proponer un tema, en seguida me volcaba a buscar la participación de mis cuasi adormilados, perennemente taciturnos pero a punto de estallar en cuestionamientos discípulos, lo que me llevaba irremediablemente a un estadio de absoluta inventiva y adaptación a lo que viniera, por supuesto, sin perder de vista el origen y motivo de la clase. El único peligro latente, era no tener el control cel tema cayendo en ambigüedades.
Desde esta perspectiva, nunca di una misma clase aunque en dos salones la impartiera una detrás de otra, lo que al menos para mí, las convertía en una genial aventura. Las herramientas pedagógicas aparecían en el momento, los derroteros de la clase se adaptaban a las características de cada salón; yo era una especie de alienígena hecho de gelatina que tomaba la forma del recipiente en desarrollo que eran las preguntas y comentarios. Lo más valioso de todo, además de lograr la expresión de “ya entendí” en algunos, era poder darme cuenta de que en esos precisos momentos, yo era quien aprendía. Salud.
Beto

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