| Listos los refuerzos. Foto: Baer |
Me levanté con un único pensamiento: no quiero ir a la escuela. El sueño me ha hecho presa ahora que ya debo levantarme, pero qué tal a las dos de la mañana... pujidos y gemidos se hacían uno con la fuerza contenida desde el vientre, las contracciones en la zona abdominal me obligaban a asirme de la almohada como si ésta fuera a salvarme de la vorágine de sensaciones noctámbulas.
Deseaba controlarme para no tener un accidente y tener que dar explicaciones del porqué no pude contenerme; no hubiera soportado las críticas ni las posturas condescendientes, las primeras porque todos saben que no soy incontinente y las otras porque no me gusta que me traten como a un retrasado mental o alguien que necesita que les estén llevando de la mano.
Soporté los primeros embates, me concentré lo más que pude, parecía que iba a explotar... las piernas se me entumecían y mi cabeza no tenía más objetivo que terminar lo mejor posible. En lugar de eso, decidí levantarme al baño. Algo debió caerme mal en estos días que me ha tenido con diarrea desde la tarde de ayer, por eso mi deseo de no ir a la escuela.
Los remedios caseros pasaron por mi mente después de las deposiciones, pero a esa hora de la mañana, ¿dónde iba a encontrar algo que me detuviera el flujo? Por suerte, sólo me quedó la sensación de "estómago noqueado" con lo que decidí acostarme nuevamente. Pero el daño estaba hecho, no pude pegar los ojos hasta dadas las cinco.
Por eso no quiero ir, porque tengo aún la sensación de que en cualquier momento seré traicionado por la retaguardia debido al sueño, lo que me convertiría en el blanco perfecto de las burlas de los demás o peor aún, en el "pobrecito" que no ha aprendido a controlar sus esfínteres. Si acaso me recuperara, ya tendrán noticias mías en este espacio. Aún sin hambre, salud.
Beto (BdI)
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