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| ¿Con qué ojos vemos nuestro mundo, después de la escuela? Foto: Baer |
Muchas veces he oído que disfrutar el aprendizaje no aparece sino hasta que tenemos cierta edad; las condiciones en las que accedemos a éste pudieran no ser del todo gratificantes en cuanto a los discursos que se utilizaron para convencernos o forzarnos a tomar herramientas y ambientes a los que no estábamos acostumbrados en el seno familiar.
A la pregunta de ¿por qué debemos ir a la escuela? se ha respondido de diferentes maneras, según las condiciones, la forma de pensamiento, el nivel socioeconómico, gustos y entretenimientos. Aunque no hay una única forma de justificar los hechos, hay sí, una manera en que generalmente contestamos a la pregunta de un infante: la prisa.
Usamos la respuesta que tenemos a la mano, por tradición o por no tener la suficiente imaginación y ésta debe ser rápida, concisa y tajante, con la esperanza de que no se vuelva a cuestionar sobre el tema, suponiendo que la mente infantil comprenderá de inmediato lo que es "su obligación". Así entonces, la escuela se convierte en algo no muy adecuado para los niños.
Sin tener los suficientes datos, podría intuir que la mayor parte de nuestra población estudiantil no empieza a tomar gusto por la lectura, el entendimiento y el manejo de la información, sino hasta que descubre, en lo personal, para qué le va a servir lo que está viendo en el aula, más allá de que "tenga que estudiar para convertirse en alguien de bien".
Nuestro bagaje nos impide entender que el goce no está en acumular datos -no somos máquinas- sino en entender (a nuestro modo) contenidos y posteriormente, hacer uso particularizado de lo aprendido, sin importar que las materias sean o no, parte de la currícula de la carrera que deseamos emprender. Aprender a aprender, también requiere de convencimiento. Salud.
Beto

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