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miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿Qué quiero de mí y de los demás?

Estamos en una prisión emocional.
Foto: Baer
Parte de nuestra instrucción social, debería abarcar lo que los psicólogos llaman inteligencia emocional; recuerdo plenamente el concepto porque he sido acusado, en el pasado, de no saber expresar mis emociones y algo hay de ello. Dirán varios de ustedes que eso debe aprenderse en la práctica, pues sólo atañe a cada persona en lo individual.
Controlar las emociones, claro, en ello estoy de acuerdo es de cada quién, pero cuando se trata de expresar, eso ya es un asunto social. Partiré diciendo que nacemos con las facultades de expresión, corporal o verbal y como tale, debemos desarrollarlas para que sean lo más útiles posible. Por ejemplo anatómicamente, nuestras cuerdas vocales.
Expresarnos de forma no verbal, requiere de una socialización un poco más tardía, pues depende de las personas con las cuales convivamos y de la etapa temporal que estemos viviendo y va a determinar nuestros estados de ánimo más que si utilizáramos palabras propias de un integrante de la Real Academia de la Lengua o de un cargador de la Central de Abasto.
Lo más complicado será aprender a conjugar ambas formas de expresión, pues en ocasiones diremos cosas contrarias con nuestras oraciones y con nuestro cuerpo. Todo esto es para intentar entender cómo es que nuestros más arraigado aprendizajes con respecto de las relaciones humanas, son contrarios a los resultados que obtenemos en la vida diaria.
Miles de motivos hay para explicar los incrementos en las rupturas de relaciones interpersonales, pero tratamos de entenderlos desde la interiorización y (a veces) diagnóstico de patologías psicológicas, cuando algunas veces es un problema de mal aprendizaje de expresión de lo que se desea. Es decir, que la mayor parte de lo que pensamos y sentimos, lo damos por hecho.
Así como el amor no es un lugar al que se deba llegar, sino una forma de existencia, tampoco debe sobreentenderse el sentir o la forma de pensar. No se nos enseñó ni hemos tomado el tiempo para aprender a decir a quienes amamos, qué es lo que queremos de ella o él. El amor es un trabajo diario de descubrimiento mutuo donde la claridad de expresión es la máxima arma. Salud.
Beto

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