| No sólo es saber cómo funciona, sino qué se incluirá en el cuadro. Foto: Baer |
La disposición a aprender la tenemos intrínseca, en el mejor de los casos; no pareciera ser un motivo diario, sino una obligación que se queda estancada una vez que terminamos un ciclo escolar, relegado a un aula y que posteriormente, se dará por mera casualidad. Y es en esa casualidad donde ponemos a prueba nuestras dotes histriónicas y fingimos que nos sorprende el enterarnos de algo nuevo.
La curiosidad se va especializando, la invertimos en aquello que nos es útil o que nos saca de un apuro. Los esfuerzos se vuelven momentáneos como si quisiéramos guardar energía para algo más importante. La lectura es más un pasatiempo que una disciplina y escribir... se transforma en el mero dibujo de letras enlazadas, cuyo fin es recordarnos algo.
En la transición de un deber a un momento anecdótico, el aprender se desliga de nuestro ser para convertirse el algo sublimado, socialmente correcto y el único camino que no nos lleva a nuestra propia comprensión, pues para entendernos, atendemos a las recetas que nos dan "expertos" entornados en espacios ideados para uniformar criterios. La enajenación en pleno.
Tenemos mecanismos de aprendizaje en lugar de volvernos seres que necesitan aprender; creamos atajos memorísticos sin atender a los detalles de la información; buscamos quien no dé la receta para resolver los problemas sin preocuparnos por investigar. Aprender debe ser consciente, formativo, eterno al menos para no depender de otros y terminar poniendo pretextos por las malas decisiones que tomemos. Salud.
Beto
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