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| Las ideas fluyen más rápido cuando se comparten. Foto: BAER/Meta AI |
1. Tiempo invertido. La acción de aprender se tomó por mucho tiempo como algo que se daba en automático, que sólo bastaba con repetir aquello que se quería que se quedara en la memoria para completar el ciclo, lo malo de esa concepción es que nos convertía en periquitos repetidores que dábamos también por sentado que habíamos aprendido; pero si aprender es una acción, debe entonces de tratarse de un proceso que requiere, además de tiempo, de un razonamiento (inductivo o deductivo) según sea la naturaleza del contenido a trabajar, de establecer criterios de utilidad del mismo y de su aplicación en el entorno inmediato, sea éste tangible o intangible. Aprender es pues, un problema epistemológico al que hay que aprender cómo llevarlo a cabo para que lo aprendido se sume al proceso global.
2. Ejercicio de humildad. Aceptemos que mucho de lo que sabemos o tenemos por conocido, lo hemos almacenado por un ejercicio memorístico y posiblemente no nos hemos dado cuenta de todas las variantes que hemos llegado a producir por medio de su manejo y aplicación en diferentes momentos y ámbitos; para tratar de decirlo de manera más sencilla, no hemos tomado en cuenta lo que hemos inventado de manera creativa con datos monolíticos y casi sin sentido. Aprendemos casi por accidente, memorizando por sistema, con pocas perspectivas, sin embargo, en cada evento en el que somos capaces de detectar que aprendimos por nuestra cuenta, casi podemos sentir cómo fluye la sangre por nuestro rostro encendiendo nuestras mejillas en franca señal de satisfacción plena.
3. Mantener la capacidad de asombro. La primera vez que escuché que el asombro era una capacidad, el concepto venía involucrado con otro relacionado con «nuestro niño interior», por supuesto, entendí la imagen presentando a la sorpresa con un entorno nuevo, pero ¿por qué necesariamente pensamos que esa capacidad se pierde al envejecer? ¿Acaso un anciano ya no se asombra? ¿Qué tendría de malo decir «se sorprendió como un viejo»? No faltará quien me conteste que llegando a una edad adulta mayor, volvemos a ser (como) niños, aduciendo que la vida es cíclica, sin embargo, déjenme diferir; cierto es que presentamos paralelismos como el sentimentalismo, la poca capacidad de movimiento o el uso del pañal, en algunos casos, pero hay dos cosas que nos diferencian totalmente: el conocimiento y la dignidad.
4. Un paso para enseñar. Aunque la vocación no intermedie, existe la curiosidad innata en los seres humanos (y otras especies) a enseñar a otros a hacer cosas y, parecen aumentar las ganas cuando lo que queremos mostrar, lo logramos por nuestra cuenta y los procesos para ello fueron de nuestra invención. Hay el impulso de difundir todo lo que descubrimos, ya sea por reconocimiento, la presunción de capacidad o el genuino interés de que otros puedan hacerlo, ahora podríamos sumar la monetización mediante un canal de You Tube, quizá una mezcla de todo lo anterior; por lo que sea, cuando nos damos cuenta de que somos capaces de aprender por nuestra cuenta, somos más proclives a buscar los aprendizajes en común, por una razón muy simple, es más factible enseñarnos entre todos. Salud.
Beto

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