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| La caligrafía no es un adorno, es una muestra de lo que podemos hacer. Foto: BAER |
1. La excitación por estrenar. La emoción por estrenar un artículo comienza con la compra, es tal la expectativa que esperamos siempre encontrar los mismos con la misma calidad, algo que se promete pero que difícilmente se cumple dado que los costos de producción usualmente va a la alta por lo que, para mantener los precios en el mercado y ser competitivos, los fabricantes deben recurrir a estrategias que no benefician al consumidor; así es como vemos surgir marcas y productos con calidad óptima que paulatinamente van disminuyendo tamaños, formas, colores y cantidades, con el fin de que no pensemos que son caros, lo malo es que con esas disminuciones, de todos modos gastamos más. Sin embargo, estrenar algo sigue teniendo el atractivo de lo nuevo y que, por algún tiempo, va a servirnos.
2. Ya sabía algo. Cuando ingresé a la primaria, el estrenar se trasladó a otras cosas que no eran mis objetos personales porque más o menos entendí que mi «escuela nueva» no se refería al edificio, sino a mí dentro de un grupo de desconocidos con los que entablaría otras relaciones distintas a las que ya tenía, eso y tener en mi mochila útiles de niño grande (como las plumas) me resultaba sumamente atractivo, además de que pondría a prueba lo que había aprendido antes, junto con lo nuevo que iban a enseñarme. De ninguna manera fue una decepción aunque sí me sorprendió un poco que lo supuesto nuevo yo ya lo tenía por sabido ya que me lo había enseñado mi tía Chayito, aunque el cambio consistió en las historias que escuché.
3. A tomar dictado. Escribir tampoco se me dificultó por lo mismo, el empeño que mostró mi tía dio frutos muy pronto, con la salvedad de que solía terminar pronto con la copia del pizarrón o las que nos encargaban del libro de lectura, por suerte los textos no eran muy grandes; lo que sí me aterrorizaba era el dictado, dada la torpeza que aún me dominaba y el querer que la letra me saliera como la de la maestra, el ritmo en que nos dictaba me parecía muy rápido, aun así, lograba tener los textos completos gracias a que había compañeros que eran más lentos que yo y debía repetirles constantemente lo que se había dicho. Lo que no llegaba a soportar era que mi escritura o no alcanzaba o sobraba para llenar los renglones en la libreta, lo que era sumamente frustrante.
4. Bendita explicación. Supongo que también influía el tamaño de mi letra y el pobre cálculo que hacía del espacio entre palabra y palabra, la presión sobre respetar los márgenes era mucha y cada vez que sobrepasaba uno, sentía una punzada, como si hubiera cometido una falta capital; nunca conté con que la educación se daba por módulos y que la explicación sobre la separación silábica aún no la habíamos tenido y ya que pasó, pude sentir cierto alivio al tener otra herramienta para no dejar demasiados huecos al final del renglón, problema que al crecer, se trasladó al conteo de golpes en la máquina de escribir y después a la configuración de las cajas de texto en los ordenadores electrónicos. Total, que la perfección en los escritos no es lo mío. Salud.
Beto

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