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| Entrar en un nuevo salón es como salir de safari. Foto: BAER |
1. El nuevo. Entrar a un grupo donde a nadie se conoce, implica un reto que tiene que ver con nuestra capacidad de empatía para quienes recibimos al nuevo o de adaptación para el recién llegado; la transición de la curiosidad a la mimetización puede llevar días, depende de qué tan dispuesto esté el objeto de las miradas a abrirse a las posibles relaciones personales. Los nuevos deben calcular el ritmo en el que se dejarán ser absorbidos por el grupo, independientemente de que lo hayan aceptado o no, aunque la presión social podría ser muy convincente; el nuevo buscará alianzas con quienes descubra que sean afines a él y que eventualmente se conviertan en amistades. No hay un lapso estándar para ejercer la autoridad del grupo hacia el exterior, es decir, ser un representante como todos los demás, pero eso también depende de él.
2. Observación y tanteo. Lo peor que puede hacer un «nuevo» es ensimismarse y tratar de pasar inadvertido, algo casi imposible porque el hecho de estar por primera vez en un lugar, ya nos hace notorios; lo mejor que pudiéramos hacer sería convivir, algunos lo harán de inmediato (los menos) y otros esperarán a que se les pregunte algo, mientras tanto, observarán los comportamientos, escucharán las palabras, atenderán los movimientos para intuir en dónde encajarán; y si en la química existe el método de tanteos, también por química tantearán a cada integrante del grupo dado que no con todos se tienen las mismas reacciones. La calidad de las relaciones que se obtengan, será el resultado de la calidad de las observaciones que se hagan, no sólo al principio, sino durante todo el proceso lectivo.
3. Acoplamiento conveniente. Algunas veces no es posible encontrar individuos con los cuales compartir los propios intereses, por lo que hay que renunciar a ellos para poder pertenecer a un círculo y no sentirnos segregados; en los primeros grados escolares, nadie valora al que se maneja solo puesto que da pie a pensar que algo malo ha de pasar con él, es más fácil hacerlo así ya que no nos educamos para confiar ni para ver lo bueno en las personas, sino para protegernos de ellas porque «uno nunca sabe». Una práctica que afinamos en la edad adulta, cuando pesamos tener la mayor parte de las respuestas a las preguntas esenciales y no tenemos necesidad de dar razón de lo que hacemos ni de lo que pensamos, así que de acoplados, algunos pasamos a receptivos, que se acoplen los demás.
4. El proceso de ser uno más. Más que la aceptación de los demás, es el trabajo mental de quien quiere pertenecer-, ser parte o ser uno más presentan una pequeña diferencia conceptual que hiere el ego, pero bien vistas, ambas tienen sus ventajas; ser parte de un grupo o un plan, supone el mantener la individualidad, donde la presencia sea notada y la opinión cuente, una palmada al ego que a nadie cae mal; ser uno más, en cambio, parece operar en el anonimato, en las sombras donde no se es visible, pero que da un margen un poco mayor de libertad, si acaso no se abusa de él. Si lo nuestro es la notoriedad, debemos ser parte de algo, si es lo contrario, ser uno más permitirá la distancia suficiente, incluso para ayudar a instruir a los futuros «nuevos» que estén por llegar al grupo. Salud.
Beto

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