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| Responsabilizamos a otros de nuestros excesos. Foto: BAER |
1. Desde el cielo. Dejar todo en las manos de una divinidad, nos quita mucho de la responsabilidad de nuestros actos, porque si Dios quiere, amanece, consigo empleo, veo a mis amigos, como, iré a trabajar y hasta gana mi equipo favorito, pero si lo dejo todo sin mover un dedo (salvo lo del equipo) ¿todo se realizará? Los más avispados me dirán «a Dios rogando y con el mazo dando», pero sinceramente, cuando estamos dando de mazazos, en lo que menos pensamos es en cómo nos está librando el Señor del esfuerzo, los más nobles se tomarán el tiempo al final de la jornada para agradecer, tal vez preguntándose porqué no fueron favorecidos como muchos otros que basan su riqueza en la mano de obra de personas como él mismo, se resignarán, se recostarán y esperarán por otro amanecer.
2. Desde lo civil. Es lógico que haya reglas de urbanidad claras, un comportamiento estandarizado al que cada carácter se ajuste, de no haberlo privaría el caos; desde el orden, parece también lógico que haya control, siendo éste la sensación dominante dentro del grupo social, lo que permite el desarrollo de la inventiva, puesto que el cerebro no puede permanecer quieto, aunque sí estable en lo posible; el marco en el que las reglas se insertan, pareciera sacado del ciclo de la vida, pero mientras los animales nacen, crecen, se alimentan, se reproducen y mueren nosotros, desde el momento en que nacemos, ya cargamos con expectativas familiares y sociales que van develándose según estemos creciendo, alimentándonos, siendo profesionistas u operarios y muriendo de a poco en cada etapa.
3. Desde la academia. Es precisamente en la etapa de preparación más larga que tenemos, donde los supuestos cobran forma y las expectativas iluminan los caminos; aunque lo nieguen diferentes instituciones, la escuela toda sigue siendo la gran fábrica de refacciones para una industria que sólo ha implementado paliativos a la esclavitud, la servidumbre y el grillete obreril; al campesino no lo meto en la línea porque no ha tenido que cambiar de nombre para ser explotado y son esos dos, obreros y campesinos, los que han servido de pretexto para mantener subyugados a los que preferimos trabajos menos agresivos, pero hay un detalle que no hemos tomado en cuenta, todos firmamos contratos, lo que significa que estamos de acuerdo con las condiciones imperantes.
4. Desde la domesticación. Podemos argumentar un montón de cosas en contra del sistema capitalista, que si sólo es explotación de los trabajadores, que si está diseñado para que unos cuantos se enriquezcan, que si sólo se trata de consumir sin ton ni son, pero ¿qué nos obliga a gastar más de lo que podemos? ¿Quién nos amenaza para comprar la última generación de televisores y teléfonos? ¿Quién nos empuja a codiciar lo que otros tienen? Por supuesto que tenemos el derecho de tener eso y más, si es que les vamos a dar un uso inteligente y adecuado según nuestras necesidades. Muy dentro sabemos que nos hemos dejado domesticar, que nuestras quejas son vanas por una sencilla razón, cuando consumimos, no leemos las letras chiquitas. Salud.
Beto

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