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miércoles, 12 de marzo de 2025

La vocación

Algunas veces la vocación da paso
a la sobrevivencia. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Alguna vez, deliberando con una maestra amiga mía, poníamos en común lo que había sido para cada uno el trabajo docente, coincidimos en varios puntos a pesar de que ella dedicó su vida a la atención de niños y yo a la de adolescentes y adultos pues, al fin y al cabo, un aula es un aula; en ese intercambio encontramos que la mayor diferencia entre los dos era que ella siempre había pensado en ser maestra y yo, aunque lo pensé alguna vez, accedí a la docencia por accidente, en otras palabras, ella tenía vocación y yo sólo el gusto por dar clases. Digo que esa fue la diferencia pues, aunque invertimos casi el mismo tiempo, yo no intenté siquiera tratar con niños menores de doce años y creo que en algo tenía un buen punto, siempre busqué la comodidad del razonamiento lógico en lugar de la explicación básica, más que nada, porque en esos niveles desconozco los límites.

En realidad, lo mío es tener a un público cautivo escuchando lo que tengo que decir y entre 1982 y 2014, con los elementos técnicos y de conocimientos con los que contaba, el escenario en el que podía insertarme era un aula, es decir, me transformé en un actor que debía preparar un promedio de cinco actuaciones diarias con las herramientas que tenía como comunicólogo; por lo tanto, más que enseñar, me gustaba conversar de temas definidos con gente que suponía, debían tenerlos presentes para, al menos, resultar interesantes a los demás. Esa perspectiva me hizo actuar inconscientemente de manera selectiva, tendencia de la cual me di cuenta hace algunos años ya retirado de la docencia; mi exigencia era alta, pero los que más tuvieron que padecerla, fueron mis alumnos de la carrera de comunicación.

No podía ser de otra manera, no me daría el lujo de tener colegas mediocres y con ello no implico que debían sabérselo todo, sino que tuvieran un sentido crítico bien establecido para poder observar el trabajo de los demás pero, principalmente, el propio. Tampoco presumiré que gracias a mí trabajo ahora sean lo que son, supongo (así lo espero) que contribuí con algo significativo para que, al menos, se hayan divertido, que ahora y desde entonces hayan valorado su esfuerzo en su justa dimensión y que todo lo que obtengan sea tanto en su propio beneficio como para los demás. Algunos, si pudieron, habrán tenido que perdonarme por regresarles sus trabajos sin revisar, pero en mi descargo diré que fueron advertidos sobre lo que no permitiría y a pesar de ello, cometieron el error.

Y es mi deseo a estas alturas que hayan encontrado el valor de la ortografía, de la buena dicción, del saber vestirse para ciertas ocasiones y, lo más importante, de apreciar el peso que tienen la averiguación y la investigación; que la primera sea una costumbre y la segunda, su mejor herramienta para desarrollarse como profesionales. Si bien mi vocación no era ser docente, sí que me gustó el poder usar mis capacidades como comunicólogo para descubrir mis alcances como productor y analista de mensajes, todavía en esos momentos a nivel de laboratorio, pero con un margen amplio de trabajo con diferentes formas de pensar como lo fue en las distintas ciudades y las distintas escuelas, midiendo mi nivel de adaptación y, en ocasiones, mi tolerancia a la frustración. Gajes del oficio. Salud.

Beto

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