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miércoles, 27 de diciembre de 2023

Creer en la historia

Al parecer, ya no nos tragamos las versiones
oficiales. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Como ciencia, la historia es una suerte de relatos reseñados desde las cúpulas del poder que deben ser cotejados con lo que se cuenta desde las bases de las sociedades; en el peor de los casos, es producto de la volátil memoria de varias generaciones que de ninguna manera tuvieron contacto con los hechos. En un mundo ideal, cada comunidad debería contar con los servicios de un historiador con el fin de registrar los hechos relevantes de acuerdo a los criterios de las historias de vida, es decir, tener ubicados a los personajes más representativos cuyo respeto esté basado en el aprecio por lo que realiza con o para los demás; desde la acumulación hasta el altruismo son actividades que causan curiosidad y seguramente hay más de un personaje que reúna las características en cada colonia de cada ciudad del país.

Aparte de eso, está la cuestión de la credibilidad que, cuando hay coincidencias en las versiones contadas por varias personas, el suponer que lo contado es cierto resulta fácil, sin embargo, si las historias se sostienen por un puñado de individuos la cosa cambia porque podría tratarse de una fábula o un mito en ciernes, lo que nos obliga a tratarlas de otra manera. Como buen abogado del diablo que soy, diré aquí que ¡no es cierto! ¿Qué deberíamos pensar si esas pocas personas son las sobrevivientes del evento a narrar ya sea porque fue catastrófico o porque sucedió hace mucho tiempo? A lo que voy es que se debe estar atento a cualquier detalle por minúsculo que parezca, son ellos los que rebelan inconsistencias que nos pueden llevar a la verdad como las reacciones, la situación sentimental o las costumbres de los personajes.

Estamos en una etapa ce producción de trabajos de corte histórico que nos muestra detalles que normalmente no aparecen ni en los libros de texto ni en las obras particulares; los nuevos historiadores han estado metiéndose en los detalles que completan los huecos dejados por la historia oficialista que, premeditadamente o no, nos han mantenido con una imagen maniqueísta del desarrollo del país. Por supuesto que creo que ha sido premeditado, al principio por crear una identidad nacional y después, para ejercer una manipulación efectiva, mantener a las clases sociales dominantes siempre en lo alto y no correr el riesgo de que alguna otra  quiera tomar su lugar, por ello los requisitos tan cambiantes para vivir dentro del territorio y la inseguridad como forma su estabilidad.

Tenemos los datos suficientes como para tomar las decisiones necesarias para cambiar al país pero pocas veces optamos por lo correcto, las preferencias ahora apuntan hacia aspectos menos consistentes de nuestra cotidianidad, con comportamientos sociales erráticos tratando de alejarnos de toda responsabilidad sobre los problemas que no son individuales. Con todo eso, desconfiamos de lo que debemos aprender, protestamos cuando nos enteramos que los contenidos tienen un sesgo ocultándonos algo que no entendemos y pareciera que tampoco queremos saber, es más fácil tomar el papel de víctimas gritando a los cuatro vientos que el destino que nos tocó dista mucho de lo promisorio que indica el Himno Nacional, al que pareciera a su vez, que todos le faltamos al respeto pues no alcanzamos el tono. Salud.

Beto

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