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| Ejercitarse para luego no andar presumiendo de “crujientes”. Foto: BAER |
Los asiduos usuarios del ratón en un ordenador habrán escuchado en algún momento sobre el síndrome del arco carpiano, un padecimiento que pareciera propio de los últimos tiempos de la cibernética. Sin embargo, si recuerdan sus tiempos en la primaria quienes hayan tenido a un maestro dictador, el dolor en la mano después de haber apuntado unas tres o cuatro páginas a un ritmo constante se volvía insoportable y sin necesidad de andar dando clics en un instrumento plástico. El nervio medio pedía, no, exigía a gritos parar porque el entumecimiento ya ni siquiera permitía razonar sobre lo que se estaba escribiendo.
Entonces, si pensaron que la culpa de su dolor de mano era del ratón, sabrán ahora que están equivocados, tampoco la tiene la pluma, sino la metódica falta de calentamiento antes de realizar cualquier actividad que requiera cierta fuerza o duración. Pistas para entenderlo lo mejor posible: un calambre en la muñeca o el antebrazo cuando se sostiene una sartén pesada o se requiere apretar una tuerca con una mano; intentar ensartar hilo en una aguja o realizar una tarea que requiera motricidad fina y los dedos se queden trabados; tener la torpeza de un adolescente y tirar los objetos que se desean levantar o cambiar de lugar.
Cada uno de esos padecimientos o todos a la vez son indicativos de que llegamos a una etapa en que el calentamiento es indispensable, que debimos hacerlo toda la vida pero que aún estamos a tiempo de revertir un poco las molestias. El cuidado físico no debe ser una anécdota escolar en el patio de nuestra Alma Mater, sino una disciplina que nos inculcaron entre sus paredes ¿ah, no? Bueno, quizá no nos explicaron que el abrir y cerrar los puños, mover los brazos en círculos, girar la cintura de un lado a otro, las sentadillas y las abdominales eran actividades para toda la vida, aunque para estas alturas ya sean ejercicios extremos. Salud.
Beto

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