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| Olvidar es casi como desprenderse del cerebro. Foto: BAER |
Olvidar las respuestas de un examen antes de su aplicación será a todas luces angustiante, indicativo quizá de que somos sumamente nerviosos o de que no se estudió adecuadamente; si el olvido se da después de aplicado, posiblemente indique el deseo de descansar del esfuerzo hecho. En los dos casos, se apela al corto plazo, puesto que lo que tenemos en la memoria permanente, lo sacamos al conciente a diario en cualquier momento. En ello está implícita la utilidad por la solución de problemas cotidianos e inmediatos como el conducir un automóvil, manipular un teclado u operar un horno, para los cuales no nos vemos leyendo un manual en cada evento.
Sin embargo sí consultaríamos uno para ir a un lugar no conocido, cómo escribir una solicitud de empleo o hacer un pastel específico, puesto que son situaciones cambiantes, aunque los resultados se suponen los mismos. Por cuestiones de edad, olvidar nos entristece porque significa que estamos envejeciendo, aunque los indicadores de ello tengan que ver con otros rubros; el no recordar nos hace sentir que estamos perdiendo parte de nuestra vida y junto con ello, se van todos los que amamos, pero ¿haber conocido y olvidar será más penoso que nunca haber tenido idea de algo o de alguien? En el centro del olvido está la esperanza en recordar, la ignorancia no ofrece garantía alguna, salvo el ser desterrada por el conocimiento.
A la memoria de los demás acogemos nuestra trascendencia, pero nos falta aprender a ejercitar la propia. Las mnemotecnias siguen en los estantes de lo exótico, se convierten en anécdotas si bien les va, circulan por veredas terregosas ofreciéndose a los desdenes de una población que cree saber memorizar por repetición, mientras el olvido transita por la supercarretera de la resignación. La memoria se guarda en archiveros que se cierran de forma casi permanente sin entender para qué servirá lo archivado, a merced del efecto corrosivo del polvo del olvido, En defensa de éste, debemos aceptar que es el encargado de deshacerse de todo aquello que ya perdió en nosotros, el interés. Salud.
Beto

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