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| La minimización de los daños no siempre sale bien librada. Foto: BAER |
La pirámide de valores no estaba a discusión, se decía incluso que no había maneras especiales ni personales para expresarlos, no había más que blanco y negro; aquí es donde la revisión de los valores impone un rigor mayor al simple suponer que lo absoluta de su naturaleza está exenta de cuestionamientos. Al menos así se aprecia desde su enseñanza, pues en el ejercicio cotidiano, su relativización (que en realidad es un imperio de suposiciones) ha traído como consecuencia que se dejen lagunas de interpretación y dejen de sancionarse comportamientos inadecuados.
En este país hemos hecho de la mentira una forma de entretenimiento, quizá uno de los orígenes del ambiente de desconfianza que priva hoy, lo que ha cambiado la percepción que tenemos de ella al grado de considerarla una forma de vida, un esquema en el que la culpa es de quien se deja engañar; ¿qué decir de la honradez? Un valor depauperado digno de todos los que no están alertas para mejorar sus condiciones de vida, por lo que deben conformarse y ser calificados de mediocres ya que el deshonesto sólo comete “travesurillas” sin importar que robe 100 o 100'000,000 de pesos.
El sentido de indignación es una anécdota en los medios de información que se lamenta igual que en una telenovela; la denuncia es una práctica para los que tienen problemas y el tiempo suficiente para perderlo en juzgados, a los que nada les interesa un asaltito o un simple robo, cuando hay cosas más importantes como proteger los derechos humanos de la delincuencia, que es lo único organizado en esta nación. Es importante la enseñanza de los valores, pero lo es más su ejercicio cotidiano desde el ejemplo institucional. Salud.
Beto

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