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miércoles, 1 de febrero de 2017

Es mejor por el apelativo

El mismo tiempo que te quita algunas
capacidades. Foto: Baer
Suelo no usarlos porque así me acostumbraron y porque me di cuenta de que sólo son una muletilla; nada hay mejor cuando se conoce a una persona que llamarnos por nuestros nombres, pues ello ayuda a tener buenas relaciones llenas de confianza... y hasta aquí, mi mensaje al servicio de la comunidad. Lo cierto es que el uso de apodos, además de ser una costumbre muy arraigada, adereza nuestras convivencias.
Yo los prohibía en mis salones, no por ser un purista de las buenas conciencias, sino porque en mi naturaleza no está la facultad de memorizar los nombres y si no los uso, pues menos me los aprendo. Pero los sobrenombres son como garrapatas que se aferran a las comisuras de mi cerebro y no sueltan ni porque les eche todo un tratamiento de súper klin; tan grande es mi problema, que algunas veces pensé mejor en hacer una lista de apodos.
Triste situación que me ha metido en innumerables problemas que, aunque pequeños y sin funestas consecuencias, sí me han hecho pasar singulares vergüenzas, como cuando sabiendo que el rostro que tenía frente a mí me era familiar, lo rebauticé justo con el nombre de su acérrimo rival de profesión. U otra donde, para no tener que "escanear" mis listas mentales, no tuve más remedio que saludar a mi interlocutora diciéndole: "¡hola mujer!
El episodio más reciente tuvo que ver con un compañero de la preparatoria cuyo nombre he ignorado todo este tiempo pero que ubico perfectamente por su pericia en el basketbol; su popularidad estaba bien cimentada y coincidentemente, su apodo era el mismo nombre que el de una cantina a la que yo era asiduo en León. Mi desconocimiento de su nombre pudo solventarse, si no fuera porque el contador Olvera, mi compañero de café y también contemporáneo preparatoriano, también lo desconocía. Salud.
Beto

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