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miércoles, 11 de enero de 2017

Hijos casi entenados

Para los problemas nacionales,
no hay remedio, sólo el
triste trapito. Foto: Baer
Desde que escuché la expresión "somos hijos de la ambigüedad" en boca de uno de mis mentores el esquema y los conceptos en los que mantenía hasta ese momento al país, se tambalearon; la seguridad, la confianza y la convicción de vivir en una nación abusada históricamente desde el exterior -que había soportado incluso, los embates ideológicos de Rius- se vinieron abajo irremediablemente.
Ahora resultaba que no sólo los españoles, los franceses ni los norteamericanos, tenían la culpa de que México fuera un país de segunda; es más, ni siquiera la unión de los tlaxcaltecas con las huestes invasoras de Cortés era determinante para entender las condiciones actuales de un México que no termina (y como van las cosas) no terminará en el corto plazo, de definirse.
Podríamos argumentar que toda interpretación de la historia es relativa -bendita palabra en la que se esconden los indecisos- por lo que, creo, hemos sido unos... al crear agujeros negros que intentamos rellenar con visiones solapadas por los intereses de quienes ostentan el poder. E insisto, no sólo ellos, señalados por el índice acusador del tiempo tienen la culpa, nosotros también.
Hemos sido resignadas víctimas de agentes que no dan la cara, porque no queremos vérselas; somos caldo de cultivo de argumentos telenoveleros, donde esperamos pacientemente a que llegue "el caudillo" a salvarnos y, mientras tanto, buscamos y señalamos o inventamos culpables a quienes acusar pero que nunca atrapamos ni mucho menos, enjuiciamos. En algún lugar, llora la Malinche. Salud.
Beto

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