| La inventiva puede no pasar ciertas revisiones. Foto: Baer |
Cuando lo escuché, pensé que se trataba de una broma o que alguien se quería adornar con ideas exóticas, pero no, allí frente de mí estaba el programa que pretendía que enseñara a un grupo la manera de desarrollar su creatividad. Una característica que, hasta ese momento, no hubiera imaginado que fuera materia de método.
Como siempre he pensado que no hay barrera lo suficientemente grande como para que con sólo verla desista en el intento de escalarla, alisté mis herramientas de trabajo en una especie de pleonasmo didáctico, pues debía ser creativo para enseñar a otros a serlo. Sin embargo, en la misma palabra, encontré ciertas reticencias.
Un error común es el esperar que todo se resuelva con la aparición espontánea de la inspiración. Así, a pesar del entusiasmo mostrado por las huestes bajo mi mando, el ímpetu inicial se fue diluyendo a fuerza de inicios rutinarios, los cuales lejos de ser malos, no eran comprendidos como el calentamiento que necesitan las neuronas para trabajar en grado óptimo.
Ser creativo semeja mucho a la práctica amorosa, el noventa y cinco por ciento es trabajo arduo y el otro cinco es inspiración pura; el primero sin el segundo es un trabajo infructuoso y el segundo sin el primero no llega a ningún lado. El ejercicio diario hace que lo que nos llegue por medio del sentimiento tenga la disciplina necesaria para mantenerse a flote.
La experiencia fue en ocasiones frustrante, pero encontré el los anales de mi propia experiencia educativa, la manera de que hubiera un producto: la amenaza. El poder de la palabra aunado a una mirada de "te voy a reprobar", hacen milagros en espíritus adormecidos. Fue muy satisfactorio ver cómo materiales sin chiste, se convirtieron en objetos agradables a la vista. Salud.
Beto (BdI)
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