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Dentro de lo que cabe, un salón virtual debe ser un espacio donde fluyan las ideas, una cava del conocimiento o en su defecto, una alacena de información gourmet.

miércoles, 22 de abril de 2015

Soy único, pero irrepetible

Así como a este animalito, me pronosticaron peligro
de extinción. Foto: Google.
Ahora que descubrí que soy un mamut lanudo según el ejercicio realizado por Google en este día de la tierra, he repensado en algo que se nos había ocurrido en la universidad a algunos amigos y a mí. Para aquellos días en los que desdeñábamos el uso de la computadora con fines creativos (también me río ahora), elucubrábamos en cómo vender lo que hacíamos.
Estábamos seguros de que produciríamos programas u objetos de alta calidad, que llevaran a la gente a concientizarse sobre las acciones que nos mantenían alejados de tener justicia social, de mejores condiciones de empleo, seguridad... pero nunca tuvimos claro cómo financiaríamos todo eso que salía de nuestros incipientes genios creadores.
Creímos que nuestro trabajo hablaría por nosotros y que no tendríamos la necesidad de ofertar cosas que estuvieran en contra de nuestros más grandes ideales; el resultado casi obvio fue que algunas de las mujeres, por mucho que habían impuesto una moda de actividades y actitudes contestatarias, se convirtieron en amas de casa y los hombres... en empleados.
Debimos, ahora lo sé, juntarnos y aventurarnos siguiendo lo que habíamos planeado, pero decidimos que la comodidad debía imponerse al cambio de estructuras, a la lucha por dejar menos podrida la producción televisiva, por ejemplo, a asaltar las mentes de quienes no tenían opción más que chutarse más de tres horas de culebrones lacrimógenos que, además, han sido repetidos a saciedad.
Nos convertimos en intelectuales sin poses, claro, pero que no se concibieron como propulsores de espacios de trabajo; preferimos ser contratados que contratar (salvo unas cuantas muy honrosas excepciones), fuimos absorbidos por el mismo sistema al cual atacábamos desde las cómodas y uterinas cuatro paredes del salón que ha de estar retorciéndose del coraje. Salud.
Beto

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