El título no es original; de hecho es una obra escrita por Iván Illich, alguien preocupado por entender cómo se debe enfrentar al arte. Hay aspectos complementarios en la educación, que no tienen un seguimiento adecuado al grado de volverse un accesorio o sólo parte de la práctica individual según intereses. La actividad artística (pictórica, escultórica, escénica, etc) ha visto mermada su presencia en las escuelas, dependiendo del grado que se maneje, al no vérseles un beneficio instantáneo.
Aún podemos presenciar los festivales, puestas en escena o concursos que en la primaria -la calidad de los mismos será tema de otro momento- se producen adecuándose a ciertas fechas; todavía en la secundaria se promueven algunas prácticas artísticas como parte de la currícula, sin embargo, a partir de la preparatoria, se cree que el arte se convierte en responsabilidad exclusiva del individuo.
La salvedad estriba en que en nueve años de escolaridad, no se le inculcó al joven la importancia de la observación, producción y disfrute del arte, ya no se diga la crítica del mismo. No podemos así, esperar que haya una formación integral, si la parte espiritual queda coja, si no se enseña a respetar lo que algunas mentes, privilegiadas o no, proponen como la observación de nuestra cotidianidad; si se cree que el arte es lo que pulula en las estaciones de radio o en los programas televisivos.
No quiero decir que sólo habría que ponderar a la producción artística de altos vuelos; intento establecer es que si lo que se produce no cuenta al menos una historia y así es aceptada como arte, entonces ahí está una respuesta para entender el porqué nuestros jóvenes no valoran lo que se produce en general. Sin apreciación, no hay respeto.
Beto
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