| ¿Cuántas escuelas pueden decir que tienen un grupo de danza folklorica? Foto: Baer |
En varias mesas, que no cambiarían al mundo, pero que fueron importantes en su momento para tratar de entender qué era lo que estaba sucediendo para provocar la baja de aprovechamiento académico, en las distintas instituciones educativas en las que trabajé, casi siempre llegamos a la conclusión general de que se requería un mejor y más profesional desarrollo magisterial.
Una conclusión no siempre emanada de las filas del profesorado he de decir, sino de las impresiones que tenían los grupos dirigentes que si bien, algunos sí tenían horas-aula, los demás estaban lejos de saber qué era enfrentar a los mismos alumnos que ellos dejaban entrar sin más requisito que ser garantes de mantenerse dentro de la escuela, económicamente hablando.
Con ello no quiero decir que fueran personas incapaces de aprender; por el contrario, tuve la suerte de tener varios cerebros interesantes pero que mostraban una apatía sólo entendible si tuvieran más de ochenta años. Pero como no era así, la parte administrativa casi nos proponía que hiciéramos de nuestras clases un circo, para mantenerlos interesados.
El trabajo pudo ser en ese tenor, pero la profesionalización a la cual aspirábamos no contemplaba servir de pilmamas a quienes, a leguas, se les notaba el disgusto por invertir su tiempo en temas de los cuales no veían utilidad. Un puñado de maestros coincidimos en que no teníamos herramientas extracurriculares que apoyaran nuestro trabajo en aula.
Disculparán que utilice un término deportivo, pero por desgracia, esas escuelas no contaban con alumnos que "se pusieran la camiseta", no estaban convencidos de "pertenecer" a la institución en la que cursaban sus estudios, por lo tanto, pensar en proponerse como un representativo de la misma era algo inimaginable. El orgullo no surge de la nada.
Dos cosas podrían mencionarse como impedimentos para esa no identificación: la primera es externa, es decir, al pensar en alumnos que debían mantenerse económicamente, algunos debían entonces buscar un empleo para lograr cubrir las cuotas, lo que redundaba en suponer que su trabajo era mucho más importante que lo que estudiaban, lo cual lo convertía en un pretexto para no cumplir.
El segundo, interno: no existían actividades extracurriculares que, bien llevadas, convencieran a los pupilos de su utilidad en su desarrollo humano, en otras palabras, si debían hacer algo, esto debía tener una calificación. ¿Deportes, arte? Tienden a ser cada vez más un accesorio que una oportunidad de convertirse en humanos integrales. Una piedra más que se debe solventar. Salud.
Beto
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