| Mi escritorio en el salón deberá soportarme otras horas. Foto: Baer. |
Es la hora del recreo y no tengo para cuándo querer regresar a las labores; aunque suene la campana o la chicharra -según haya sido el presupuesto- haré caso omiso de la entrada al salón. No creo que noten mi ausencia, así que he decidido irme de pinta con uno de mis cuates. Ojalá él tenga las mismas ganas de media semana que yo, de salir huyendo.
No quiero sentar un precedente de ausentismo, pero hay días en los que, sin ser lunes, el cuerpo no está para satisfacer necesidades ajenas, por lo que el egoísmo invade hasta los tuétanos. Ya instalado en la idea, sólo me falta saber qué haré en las horas que me voy a tomas antes de regresar a casa y comer, sin remordimientos, espero.
Aquí es donde las sentencias que he escuchado desde hace algunos lustros toman tal fuerza que hasta puede que me las llegue a creer; siempre dije que eso de no tener opciones en los tiempos libres es pura falta de imaginación. Recuerdo cómo me entretenía por las veredas de la salida a León, tirando algunas piedras en los charcos y asustando a las ranas que allí vivían.
O contando los automóviles que tenían placas de otros estados y que seguramente se dirigían a la ciudad cuerera a comprar zapatos. Pero si trato de hacer lo mismo, me topo con que ya no tengo nueve años, ni los carros pasan por lo que ahora ya no es carretera sino el boulevard Solidaridad, ni llueve lo suficiente para que haya charcos ni hay ranas. Mejor me regreso a clase. Salud.
Beto
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